BibliotecaNúmero 9 - julio 2017

En esto del amor…

 

PRIMERA NOCHE DE BIBLIOTECA, VERSIONES DEL AMOR (PSICOANÁLISIS-LITERATURA-FILOSOFÍA) —EOL Sección La Plata, 26 de abril de 2017

 

primera Noche de Biblio

 

Adriana Fanjul

 

Antes que nada, agradezco la invitación a participar de esta mesa y comienzo por comentarles lo que ella me suscitó: el rápido pasaje del encantamiento a la incomodidad de la pregunta.

¿Cómo transmitir, sucintamente, algo del amor desde el psicoanálisis? ¿Cómo hablar del amor sin caer en la enumeración de sus variantes (narcisista, sexual, cortés, al prójimo, extático, etc.)? O aún… cómo hacerlo sin caer en el riesgo de la implicación, ya que no ha sido, ni es, sin amor mi relación al psicoanálisis.

Más allá de las figuras del amor, que tanto Freud como ­­­­Lacan han ido despejando, si algo puede cernirse como novedad –desde el psicoanálisis, en materia del amor– no es otra cosa más que la trasferencia. El amor está en el origen del psicoanálisis mismo y en los inicios de cada análisis, o al menos, de casi todos. Partiré de ahí.

 

I.

¿Podríamos decir que a partir de la transferencia hay una teoría analítica sobre el amor? Es posible. No obstante, se hace necesario señalar que, aunque en la escena analítica, las más de las veces amor y transferencia hagan su entrada de la mano, no siempre hacen pareja…

El amor no es la transferencia, es un efecto de ella, emerge en un tiempo segundo a la suposición de saber dependiendo de la posición del analista y su función en la dirección de la cura. La entrada en la transferencia produce el efecto sorpresivo del amor y si bien es un amor auténtico, la escena analítica no es una escena amorosa cualquiera. Por el contrario, su carácter diferencial permitirá poner de relieve tres aspectos que todo amor conlleva: automatón, disimetría e imposibilidad.

No se ama a cualquiera, no hay posibilidad de elección en el amor, se produce por una ley independiente de la voluntad, quien ama desconoce que su amor responde a un programa previo que condiciona –para cada sujeto– la fórmula de enamoramiento. Punto enigmático del amor que el psicoanálisis pone de relieve: marca singular, condiciones, respuesta de cada uno que insiste en escribirse de la misma manera una y otra vez. “El amor –dirá Lacan– es ese imaginario de cada ser hablante que lo une tan solo y no al azar a cierto número de personas”. (1)

Y aunque necesite del encuentro, del azar, esto no anula su carácter de automatón necesario, aunque no suficiente.

La certeza del amor se impone bajo formas diversas –flechazo, entusiasmo, pesar, dolor, etc.– y no quiere saber de ninguna razón más allá de sí, solo demanda amor aspirando a la ilusión de que dos puedan hacer uno. Solo basta recordar el mito del andrógino (2) que atraviesa nuestra cultura y da forma a la idea del alma gemela, la media naranja… la búsqueda de la otra mitad faltante. Y si bien puede contribuir a la idea de que el otro que lo completaría sería idéntico a sí –como dice el bolero: “si yo encontrara un alma como la mía…”–, no obstante, se pone de relieve la disparidad radical entre aquel que ama y el que es amado, aunque el amado pueda encontrase también como amante. Posiciones antagónicas, que Lacan subrayará al abordar la estructura del amor a partir de “El Banquete de Platón”. En toda pareja amante-amado hay un interjuego de roles en torno a la falta: el amante (erastés) le demanda al amado (erómenos) –que tiene– aquello de lo que él carece; pretende alcanzar en el otro lo que le falta, y ubica en el amado el objeto que puede obturar la falta propia (agalma) (3). No obstante, más allá de esta aspiración que ignora la imposibilidad de la relación entre los sexos, en todo amor hay reciprocidad, no por la respuesta que se obtiene, sino porque –como dice Miller– hay un ir y venir de dos: el amor que se siente por el otro es el “efecto retorno” de la causa de amor que el otro es para él (4). Faceta engañosa del amor, no solo respecto a qué lo origina sino también a aquello que aspira: la promesa de complementariedad.

A lo largo de las épocas, y de diferentes formas, las desdichas amorosas han puesto de relieve la constante transfenoménica que atraviesa todo amor: la no relación sexual, la no complementariedad en lo tocante al goce. Es ante el desencuentro estructural, la inconmensurabilidad respecto al goce de uno y del otro, que el amor se revela como una suplencia, un velo hecho de palabras que –al decir de Lacan– intenta acercar dos exilios, el de cada quien, respecto a la no relación sexual, una manera de hacer con lo imposible.

 

II.

Desde Freud y con Lacan la pregunta por el amor nos atraviesa: “En efecto, lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar de amor”. (5)

Si la apertura de la transferencia requiere del amor para su instalación, condición necesaria para propiciar el análisis es, sin embargo, a su vez, obstáculo, inercia, cierre del inconsciente. Cuestión advertida por Freud, quien nos conmina como analistas a no retroceder ante él, ni ceder a la aspiración amorosa de los pacientes.

El amor de transferencia es un amor auténtico, y como todo amor está hecho de engaño, desconoce el sostén de su fantasma y la trampa narcisista en la que se asienta.

El sujeto hace en el análisis lo mismo que con sus objetos, transfiere en el analista el lazo que ha establecido con otros, pero también la modalidad de satisfacción que obtiene en su fantasma, único saber del que dispone.  La demanda de amor pide satisfacción directa al objeto al que es dirigida, repitiendo el tipo de relación que ha establecido con otros. Pone al analista en el lugar a quien se le dirige la demanda de amor, revelando –por otra parte– la disparidad del amor: el analizante como erastés y el analista, como quien contiene el agalma que lo constituye, como erómenos.

Tiempo primero de la transferencia donde el amor le conviene al sujeto para no saber de sí. Si bien por amarlo –al analista– cree en su saber y por suponerle saber lo ama, este amor se revela antinómico respecto al querer saber sobre el inconsciente. En este sentido hay que leer la afirmación de Lacan “el fracaso del inconsciente es el amor” (6), en tanto sirve de tapón al desciframiento. “El amor pide amor. Lo pide sin cesar, lo pide… aún”. (7)

Ante esta demanda el analista ocupará el lugar de semblante, se dejará tomar por la cobertura que el sujeto hace de sus objetos, se “prestará” al fantasma, pero para responder de un modo inédito. Su respuesta, vía la interpretación y el deseo del analista, apuesta a operar la transmutación que iría del amor al trabajo. En otros términos, apunta a que ese amor se anude al saber devolviéndole al síntoma su valor de enigma a descifrar, haciendo existir al inconsciente. Será por la vía del equívoco, medio-dicho de la verdad, que el goce comience a decantar cuestionando a cada paso la respuesta “totalitaria” del amor. El análisis al poner al sujeto a hablar, “cuestiona las condiciones de amor equivocando las condiciones de goce”. Se delimita así un camino que va “de la verdad al goce”, sorteando los escollos del amor, en cuyo horizonte está atemperar el horror al saber que nos constituye; la posibilidad de un nuevo amor: que el amor al saber pueda convertirse en un saber sobre la causa del deseo.

 

III.

La singularidad de la relación al amor, que cada análisis pone de relieve, tiene consecuencias sobre la transferencia y su salida. Si en el inicio la transferencia se asienta sobre la creencia en el amor, el recorrido y su final no pueden dejar indemne al amor.

El final de la experiencia (y de esto dan cuenta muchos testimonios de pase) revela que, si bien el amor no se acaba, sí se transforma, y “el goce aislado del fantasma puede condescender al amor” (8). Se abre paso así a un nuevo lazo “un pasaje del trabajo de la transferencia a la transferencia de trabajo” (9), siendo la Escuela su destinataria. Es la oportunidad de otra relación con el saber que ya no pase por el amor que eterniza lo imposible a partir del fantasma de cada quien.

Sin embargo, esto no nos autoriza a sostener que en la Escuela no haya amor, de hecho, lo hay, hay lazos de amor (maritales, fraternales, familiares, etc.) entre los que forman parte de ella y hacia ella. No obstante, desde su creación, la Escuela aspira a ser una agrupación que no responda al régimen del amor sino a la relación con el saber que ex-siste en el inconsciente y solo puede ser subjetivado por la transferencia, de uno en uno, anudando transferencia, transmisión y trabajo.

Para finalizar, y en un tono más personal, simplemente quiero decir respecto al amor que el análisis –entre otras cosas– me ha permitido despejar “un poco”, solo un poco, la función de “ilusión” que el amor hacia el psicoanálisis ha tenido y tiene aún en mí; y desde ahí, no sin “desilusión”, atravesarla, hacer algo con eso, decantando en cada espacio (análisis, control, cartel) los restos con los que construir un lazo propio, una manera singular de “habitar/amar” la Escuela.

 

“En esto del amor, somos todos principiantes…” (10)

 

 

Notas:

(1) Lacan, J.: “Seminario 21: Los incautos no yerran”, Clase 4, inédito.

(2) Este mito aparece en “El Banquete de Platón” en el “Discurso a Aristófanes”. Define al amor como el intento de restitución de la plenitud perdida, el reencuentro con aquello que le falta y lo completaría. Los andróginos (seres redondos con cuatro piernas, cuatro brazos y dos cabezas unidas por el vientre) son –por castigo divino- divididos a la mitad, y desde ese momento surge el intento de fundirse con el otro, convertir dos en uno.

(3) Lacan, J.: El Seminario, Libro 8, La transferencia, Paidós, Buenos Aires, 2003.

(4) Miller, J.-A.: “Entrevista a Jacques Alain Miller sobre el amor. Un laberinto de malentendidos cuya salida no existe”, por Hanna Waar para la Psychologies Magazine, 2008, https://soydondenopienso.wordpress.com/2011/09/24/entrevita-a-jacques-alain-miller-sobre-el-amor-un-laberinto-de-malentendidos-cuya-salida-no-existe/

(5) Lacan, J.: El Seminario, Libro 20, Aún, Paidós, Buenos Aires, 1998, pág. 101.

(6) Una de las traducciones posibles del título del “Seminario 24”, donde Lacan juega con las transliteraciones: “L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre” y “L’insuccès de l’Unbewusste c’est l’amour” (literal: “Lo no sabido que sabe la una-equivocación se ala a morra” o “El fracaso del inconsciente es el amor”)

(7) Óp. Cit. n°5, pág. 12.

(8) Laurent, E.: “¿El psicoanálisis se cura de la transferencia?”, en Psicoanálisis Inédito, 2011, http://www.psicoanalisisinedito.com/2014/09/eric-laurent-el-psicoanalisis-se-cura.html

(9) Solimano, M. L.: “Hay un pase. Un pase al trabajo”, Revista Virtualia #31, 2016, http://virtualia.eol.org.ar/031/template.asp?Pase/Hay-un-pase-Un-pase-al-trabajo.html

(10) Carver, R.: Principiantes, Anagrama, Buenos Aires, 2012.