Extraordinario - septiembre 2020Lecturas

Topologías del encierro (1)

LECTURAS DE LA SECCIÓN: «EL TIEMPO LÓGICO Y EL ASERTO DE CERTIDUMBRE ANTICIPADA. UN NUEVO SOFISMA» – EOL Sección La Plata, 22 de abril 2020

Paula Vallejo

“De hecho, como prisionero, cada sujeto está ya contado en el Otro como “uno entre otros” –y es de eso, de su estatuto de prisionero, de lo que todos quieren escapar. Pero para ello, lo que interesa a cada uno, uno por uno, es responder a la pregunta: ¿qué soy en la mirada para ese Otro en el que no encuentro la representación de lo que es mi objeto, ese que llevo pegado a mi espalda sin poder verlo ni separarme de él?”

Miquel Bassols, “Las identificaciones y el objeto”. En Freudiana nro 1, Barcelona, 1991.

Nunca antes sentí tanto el peso de la página en blanco. Cómo arrancar a intentar decir algo y dejar de dar vueltas en torno a las ideas, fragmentos de cosas oídas y leídas que han ido resonando en estos meses, acerca del acontecimiento que de alguna manera, como diría un colega (2), partió en dos nuestras vidas separando con una inscripción AP/DP  un mundo de antes de la pandemia y uno que vendrá después, aunque todavía no sepamos muy bien cómo será.  Recientemente, M.H. Brousse dio una conferencia titulada Exilio y lenguas, organizada por la NEL a través de la plataforma ZoomMe quedó resonando su última frase, antes de finalizar su conexión virtual: “estamos todos encerrados en el Otro”. 

El encierro como refugio

Podríamos acordar que la pandemia COVID-19 es una forma de lo peor realizado, pero que como es de esperar, se declina de diversos modos para cada uno. Así, si para muchos el encierro general parece haber tenido como efecto la asimilación del encierro individual, evaporando las causas particulares del mismo y logrando homogeneizar las consciencias en un sueño común tranquilizador, para otros,  se constata  que el redoblamiento del encierro subjetivo por la existencia de un encierro real atentó contra  la posibilidad del refugio que antes encontraban en ese repliegue al interior, produciendo paradójicamente la necesidad de salir. A esto se le suma que la inminencia de lo amenazante se ha redoblado con la puesta en marcha de los mecanismos de defensa de los gobiernos frente al virus, poniendo en el horizonte los peligros del control social. De cualquier manera que sea, éste es sin dudas un momento que permite apreciar, utilizando la metáfora freudiana, el entramado arquitectónico de la subjetividad, mostrando sobre qué subsuelo se ha montado la construcción de cada edificio. Y es, por tanto, una oportunidad para visibilizar lo oculto y, empujando la impotencia hasta tocar el límite de lo imposible (3), encontrar la manera de saber-hacer allí.

Exilio y goces

M.H. Brousse comenzó su desarrollo en la mencionada conferencia citando a Kant, para afirmar que todos los parletres estamos encerrados en el tiempo y espacio de nuestra sensibilidad. Y propuso el significante “exilio” en su articulación con los tres registros del nudo borromeo. Definió para el parletre tres tipos de exilio: el exilio del sentido entre Imaginario y Simbólico, haciendo referencia al funcionamiento mismo del sentido en términos de “huida”; el exilio del goce fálico, entre Real y Simbólico, espacio organizado por el valor fálico, y en tercer lugar, el exilio entre Real e Imaginario, que con la introducción del A/ viene a dar al exilio su toque de real, es decir, de imposible.

Dicha huida –señaló M.H. Brousse- sólo se detiene al descubrir que el A está barrado, que incluye un vacío, un hueco, y que no es posible exiliarse de lalengua. Vale decir, que en ella y con ella habrá que inventar el modo singular de vivir. En el análisis –subrayó-trabajamos con los tres tipos de exilio y contamos con la posibilidad de nombrar el síntoma, para dejar de ser sujetos perdidos, migrantes, sometidos a la huida del sentido, es decir, para poder parar y empezar a constituir puntos de referencia que –como a Pulgarcito- nos permitan seguir el camino a través de nuestras pequeñas piedras.

Esta idea del exilio concebido en términos de huida y encierro (refugio), me evocó también el sofisma de los tres prisioneros que Lacan utiliza para ilustrar las modalidades del tiempo lógico. Tomando en cuenta  este planteo de Lacan, podemos inferir que el encierro no sólo tiene que ver con el espacio sino también con el modo de habitar el tiempo. En el fundamento de la lógica colectiva que Lacan nos propone en ese escrito constatamos que, sin contar con la posibilidad de articular el propio movimiento en relación al movimiento de los otros, no habría paso posible hacia el exterior de la propia subjetividad. El cálculo del tiempo, por ejemplo, puede ser una forma de encierro en el sin salida de un acto imposible de producir. O el activismo, que empuja hacia adelante en respuesta a la ruptura de la cadena de causas y efectos en las que se insertaba la vida, un modo de no querer saber nada de la discontinuidad. Si en el primer caso prima la demora temporal, que inevitablemente signará a cada momento como un “llegar tarde”, en el segundo se trata más bien de una anticipación, que contaminará los pasos dados con una sospecha de inconsistencia. Valgan estos ejemplos para demostrar que no existe el momento justo del acto, más que con el diario del lunes.

El exilio entonces, que en un primer momento se liga a la necesidad de salir de un determinado lugar, una salida que muchas veces es concebida como una huida no deseada por el sujeto, también entraña la búsqueda de un refugio, es decir, que se articula a la idea de arribar a un cierto espacio seguro. Pensando en esas dos dimensiones, el planteo de M.H. Brousse me sugirió la idea de comparar el recorrido analítico como un trayecto a través de diferentes territorios –léase allí las intersecciones del nudo- con la huida del migrante de su territorio de origen -léase aquí las marcas singulares de su goce-, en busca de un discurso capaz de alojarlo. Pude imaginar el trayecto de un analizante de exilio en exilio con la ambición de refugiarse y escapar del encuentro con lo real, sólo para volverlo a encontrar más adelante, y así hasta  alcanzar el momento lógico en el cual, el consentimiento a su modo de gozar le habilite la posibilidad de inventarse una solución a medida.

De la lógica a la erótica del tiempo

Sabemos que traducir el inevitable acontecer del tiempo en términos de lógica permitió a Lacan formalizar la secuencia en tres momentos: Instante de ver, tiempo de comprender y momento de concluir. El trabajo realizado en la Sección sobre “El tiempo lógico…” nos permitió situarnos en la necesidad del tiempo de comprender, aún. Y ubicar cómo, en ciertas situaciones, el instante de ver también puede convertirse en un encierro subjetivo.

Pero la temporalidad porta una erótica, además de una lógica. Por eso, no hay cálculo posible del tiempo de salida ni modo de prever cómo se vivirá su duración. Sin programa que pueda escribirse, sólo nos queda recordar al personaje del relato de Kafka, a quien la muerte lo encuentra detenido a la espera de ser autorizado a atravesar la puerta, no sabiendo que esa puerta solo estaba allí para que él la atravesara.

El encierro en el fantasma y la práctica on line

Sin duda, Espacio y Tiempo se vieron tocados por este real de la pandemia, afectando las condiciones singulares de cada sensibilidad. La práctica cotidiana que continuamos de manera virtual, es decir, sin la presencia de los cuerpos en el aquí y ahora de la sesión, nos hizo notar algunas aparentes modificaciones en la forma de vivir la pulsión, permitiéndonos constatar cómo al inicio del aislamiento indicado por el gobierno, el encierro tuvo un efecto de apaciguamiento  generalizado, caracterizado fundamentalmente por una disminución del impacto de las demandas del superyo. Y también cómo, al cabo de cierto tiempo, la acomodación a la nueva situación produjo nuevas ferocidades a la orden del día, verificando el principio freudiano de que la pulsión siempre se satisface, segregando las ficciones que hagan falta para ello. Reflexión que me interrogó acerca de qué impacto tendrá la pandemia en cada uno de nosotros y en la sociedad en general. ¿Volveremos a acostumbrarnos rápidamente a vivir como si nada hubiera pasado o sabremos extraer de esta experiencia algún efecto de enseñanza para el futuro?

“Estamos todos encerrados en el Otro”, subrayó M.H. Brousse. Efectivamente, podemos reconocer en ese enunciado la fórmula del fantasma neurótico, que se desarrolla a sus anchas en ese encierro subjetivo que constituye un refugio frente a lo real. Un bunker capaz de aguantar lo imposible de soportar –podríamos decir- pero cuya resistencia se vuelve un problema a la hora de querer salir de allí. Sabemos que del fantasma no hay posibilidad de salir hasta tanto no se logre asir lógicamente la consistencia del objeto a, que es lo único que puede permitir inscribir un borde y dar lugar a un atravesamiento. Y que para esto es crucial la operación de la presencia del analista en tanto encarnadura del objeto en el Otro ¿Será posible concebir el horizonte de esta operación en la dimensión de la virtualidad, en caso de que –tal como se anuncia- el confinamiento haya llegado para quedarse, o al menos para repetirse?

Me doy cuenta de que estoy preguntándome acerca de en qué experiencia de lo real podremos apoyarnos ante la constatación de que el paradigma de la presencia del analista ha sido tocado. Porque podemos considerar que la mirada y la voz a través de la pantalla siguen siendo encarnaduras posibles de esa presencia y localizar los efectos clínicos del usos de una tonalidad, de la singularidad de una mirada, o incluso de su ausencia. Pero no debemos olvidar que a pesar de la necesidad y las buenas razones para hacerlo, hemos franqueado uno de los principios de la práctica tal como la entendíamos hasta ahora: la presencia de los cuerpos en la sesión. Y esto invariablemente la afecta y modifica, aun cuando podamos verificar efectos, o incluso por ello mismo.

Todavía no nos hemos planteado qué consecuencias tendrá el haber abierto la vía de la virtualidad para los análisis en curso e incluso para algunos nuevos. Ni tampoco si podremos salir totalmente de allí, o habrá que negociar con el significante “nueva normalidad” y contemplar los requerimientos de las políticas del bien común en nombre de la supervivencia de los cuerpos y también del psicoanálisis. En todo caso, será el desafío que tendremos por delante.  ¿Acaso la virtualidad aportará coordenadas particulares al tiempo de comprender? ¿Cómo evitar que la virtualidad se transforme en el lugar de un limbo eterno que haga presente una infinitización temporal, que es otra manera del encierro subjetivo? ¿Cuáles de los cambios producidos en el dispositivo analítico por la incidencia de la virtualidad logrará permanecer e inscribirse como una mutación provocada por la era digital y cómo podremos enfrentar el porvenir del psicoanálisis sin hacer tabla rasa con los principios del acto analítico?

Fecha de recepción 07/07/2020

Notas:

  • Agradezco a Laura Petrosino la sugerencia del título y su atenta lectura de este texto.
  • Me refiero a José Lachevsky, quien mencionó esta sigla durante su presentación en la Noche de Directorio del 3 de Junio de 2020.
  • El texto de Jorge Assef publicado en el boletín de la EOL “Discontinuidad” número 24 me evocó esta referencia de Lacan.

Bibliografía:

Lacan, J.: “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”. En: Escritos1, Siglo XXI, Bs As, 1985.