Noches de Directorio - La formación del analistaNúmero 12 - diciembre 2018

Sobre el deseo del analista. Algunos hilos

TERCERA NOCHE DE DIRECTORIO: FIN DE ANÁLISIS Y POSICIÓN DEL ANALISTA –EOL Sección La Plata, 21 de noviembre de 2018

 

 

 

 

Belén Rodríguez

 

 

Hoy nos convoca una nueva noche de Directorio, esta vez bajo el título: “Fin de análisis y posición del analista”.

Tomé como referencia de mi trabajo algunos temas que Lacan desarrolla en El Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, dictado en 1964, en relación al deseo del analista.

Para empezar, allí en la pág. 238 nos dice “formar analistas ha sido y sigue siendo la meta de mi enseñanza” (1). La formación de los analistas sigue siendo un tema que nos convoca a trabajar continuamente, y en dicho seminario, a esa altura de su enseñanza Lacan situaba elementos fundamentales para pensar la posición del analista en el análisis, tanto en una lógica de entrada, como del desarrollo y del final.

En la página siguiente, unos párrafos después, nos dice: “… El analista, empero, no se presenta como un dios, no es un dios para el paciente. Entonces ¿qué significa esta confianza? (…) Su formación exige que sepa, en el proceso por donde conduce al paciente, en torno de qué gira el movimiento. El psicoanalista tiene que conocer, a él debe serle transmitido y en una experiencia, en torno a que gira el asunto. Este punto axial lo designo con el nombre deseo del psicoanalista…” (2). Cómo sostener esa confianza es como Lacan presenta aquí al enigma del deseo del analista. Punto axial. Eje por donde gira el asunto en un análisis.

De este modo, persiguiendo la cuestión, me reencontré con un librito de Juan Carlos Indart del año 1989 que hacía años había leído, titulado Problemas sobre el amor y el deseo del analista (3). Queriendo encontrar allí respuestas, soluciones, y ya luego de concluida la lectura reparé en el título del mismo: Problemas

Es que la noción de deseo del analista Lacan la elabora siempre de un modo “a medias”, no dice todo, son hilos. Debería haber una razón lógica por la cual esa noción se relaciona con el no-todo.

Ya en la primera clase de este seminario, titulada “Excomunión”, Lacan se pregunta por este deseo, “qué ha de ser para que opere de manera correcta” (4). Diciéndonos que no puede quedar por fuera de nuestra pregunta, ubicándolo en el punto mismo de la formación.

Quiero destacarles el último párrafo del seminario, en la última clase, un párrafo que cautivó mi interés, y sobre el que no he encontrado muchos comentarios posteriores, un párrafo crucial –creo yo– en torno a lo que singulariza al deseo del analista y con ello su posición (la del analista) en un análisis, no solo al final.

El texto dice así: “El deseo del analista no es un deseo puro. Es el deseo de obtener la diferencia absoluta, la que interviene cuando el sujeto, confrontado al significante primordial, accede por primera vez a la posición de sujeción a él. Solo allí puede surgir la significación de un amor sin límites, por estar fuera de los límites de la ley, único lugar donde puede vivir”. (5)

Entonces, el deseo del analista no es un deseo puro. Primero: ¿Qué es un deseo puro?

Me encontré con un cuento que quizás muchos de ustedes lo conocerán, Lacan lo cita en el Seminario 7, es de Alphonse Allais y se titula Un rajá se aburre. Como es largo, se los voy a leer abreviadamente:

“¡El rajá se aburre!
¡Se aburre como quizá nunca se aburrió en su vida!
Muy perezosamente, entra la escolta, llena de contento.
Entonces, ¡que vengan las bailarinas!
¡Aquí están las bailarinas! Las bailarinas no impiden que el rajá se aburra.
¡Afuera, afuera las bailarinas! Y las bailarinas se van.
¡Un momento, un momento! Hay entre las bailarinas una nueva pequeña que el rajá no conoce.
-Quédate aquí, pequeña bailarina. ¡Y baila! ¡He aquí que baila, la pequeña bailarina!
¡Oh, su danza!
Y he aquí que al ritmo de la música ella comienza a desvestirse.
Una a una, cada pieza de su vestido, ágilmente desprendida, vuela a su alrededor.
¡El rajá se enciende!
Y cada vez que una pieza del vestido cae, el rajá, impaciente, ronco, dice:
-¡Más!
Ahora, hela aquí toda desnuda.
Su pequeño cuerpo, joven y fresco, es un encantamiento.
El rajá está parado, y ruge, como loco:
-¡Más!
La pobre pequeña bailarina vacila. ¿Ha olvidado sobre ella una insignificante brizna de tejido? Pero no, está bien desnuda.
-¡Más!
Ellos lo entendieron.
Los largos cuchillos salen de las vainas. Los servidores levantan, no sin destreza, la piel de la linda pequeña bailarina.
La niña soporta con coraje superior a su edad esta ridícula operación, y pronto aparece ante el rajá como una pieza anatómica escarlata, jadeante y humeante.
Todo el mundo se retira por discreción. ¡Y el rajá no se aburre más!”. (6)

Este cuento ilustra muy bien, a mi parecer, lo que sería un deseo puro. Lacan lo indagó en los supuestos de la ética kantiana. El deseo en estado puro busca su objeto, hasta encontrarlo, en lo real, bajo la especie de sacrificio y/o asesinato. “Te amo, pero como inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a minúscula, te mutilo” (7), (conocida frase de este seminario). Por eso ese deseo debe pasar por la represión del Nombre del Padre, “para hacer vivible un amor, más o menos temperado, dentro de la ley” (8), dice Indart en el texto mencionado.

Sin embargo, el deseo del analista como deseo no puro, a diferencia del deseo del rajá, también se encontraría más allá de los límites de la ley, más allá del Nombre del Padre, nos dice Lacan en ese último párrafo del Seminario 11. ¿Qué los diferencia? Podríamos preguntarnos ¿qué le da impureza al deseo del analista?

Parecería difícil resolver la cuestión por el costado de la especificidad del deseo porque como vimos el deseo en su estructura sería puro. Es metonímico. Su impureza es la cuestión de cómo no desemboca en lo que Lacan aludió como ejemplo del deseo en estado puro, el nazismo. Es por la coalescencia entre el objeto a y el Ideal del yo que se explican estos fenómenos de sugestión, de fanatismos. Es en contraste con ello que Lacan plantea que el deseo del analista tiene como condición mantener esa diferencia, esa distancia entre I y a, de manera absoluta. Novedad que introduce en este seminario en torno a la función de tal deseo.

¿Cómo de un deseo para el que las puertas de su estado puro están abiertas puede surgir –lo que Lacan llama en ese último párrafo del Seminario 11– “la significación de un amor sin límites” (9)? No dice allí “un amor sin límites”, sino “la significación” de un amor sin límites. Pareciera que la impureza del deseo del analista reside en la introducción del amor. Un amor manifestado en signos de amor, que no es lo mismo que dar amor. Un amor presente en su deseo que lo hace impuro y que opera siempre del mismo modo a lo largo de un análisis hasta su final. Hasta aquí mis hilos.

 

 

 

Notas:

(1) Lacan, J.: El Seminario, libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1999, pág. 238.

(2) Ibíd., pág. 239.

(3) Indart, J. C.: Problemas sobre el amor y el deseo del analista, Manantial, Buenos Aires, 1989.

(4) Óp. Cit. n°1, pág. 17.

(5) Óp. Cit. n°1, pág. 284.

(6) Allais, A.: Un rajá que se aburre [minicuento], en https://ciudadseva.com/texto/un-raja-que-se-aburre/

(7) Óp. Cit. n°1, pág. 271.

(8) Óp. Cit. n° 3, pág. 34.

(9) Óp. Cit. n°1, pág. 284.