Ecos y reseñasNoches de Directorio - La formación del analistaNúmero 2 - marzo 2014Preliminares a la Sección

Seminario de Graciela Brodsky:“La Clínica Lacaniana” – Segundo Coloquio-Seminario de la Orientación Lacaniana en la ciudad de La Plata – Pasaje Dardo Rocha, 13 de octubre de 2012

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Reseña por Maria del Pedro

 

Graciela Brodsky inicia su exposición refiriendo que la parte que le toca es la del argumento y que si bien no hay un texto de referencia que le haya sido propuesto, ella toma como punto de apoyo la alocución de “Apertura de la Sección Clínica”, que fuera publicado en Ornicar Nº 3, de enero de 1977. Decide comenzar por el contexto en que se dio dicha alocución: se trataba de un grupo de jóvenes, que luego conformaron la Sección Clínica de París, jóvenes de unos 30 años, que se reunían desde el ‘73, que asistían a las presentaciones de enfermos y formaban, entonces, el “Círculo de clínica psicoanalítica”. Es Jacques-Alain Miller quien crea la Sección Clínica, el círculo entra así en la Universidad VIII de París. La estructura era la siguiente: presentación de enfermos a cargo de Lacan, comentario de casos, talleres, conferencias, etc., o sea la misma estructura que hoy sostienen las secciones clínicas y el ICBA.

“¿Qué es la clínica psicoanalítica?” se preguntaba Lacan a la altura de la que hoy consideramos su ultimísima enseñanza. Si él se lo pregunta, por qué no nosotros. Y la respuesta que da Lacan es “no es complicado, la clínica tiene una base, es lo que se dice en un psicoanálisis”. Graciela señala que la clave está en ese “se basa” que, a la vez, separa la clínica y el psicoanálisis. Primero tenemos la experiencia, luego la clínica. También tenemos la práctica o, como la llamara Lacan en ese tiempo, la praxis, “el psicoanálisis es una praxis que pretende tratar lo real por lo simbólico”. Entonces, contamos con tres términos, para dar cuenta del psicoanálisis: experiencia, práctica y clínica. Y con un único recurso que es la palabra. Es este el problema de Lacan, la conexión entre el goce, del orden del cuerpo, y la palabra, que viene del Otro. O sea, la resonancia de la palabra en el cuerpo. Contamos con el nudo, que es hasta donde Lacan llegó.

Nuestra oradora continúa aclarando que la clínica no es la práctica, es una elucubración sobre la práctica que se realiza, esta última, al pie de la cama, del diván. Acostado se dicen cosas que importan, que importan en lo real, eso significa decir algo que tenga consecuencias. Es importante, a su vez, dejar en claro que la clínica se lleva a cabo de cuerpo presente, bajo transferencia y que la posición del psicoanalista, respecto del síntoma, está incluida en la definición misma de la clínica. Nuestro saber clínico, por su parte, no nos aporta para la práctica, para la dirección de la cura.

Graciela observa que es extraño que debamos seguir diferenciándonos de la psiquiatría cuando sólo compartimos términos nosográficos. Y recuerda la polémica exposición del trabajo “La histeria ¿es una estructura nosográfica?” por parte de Eugénie Lemoine desestimando la importancia del diagnóstico para la dirección de la cura, “cuál sería la importancia de captar una coloración susceptible de cambiar, de girar, de virar…”. Enseguida se le discute, arguyendo que claro que sí, que nos importa si es o no es una histeria. Es esta la posición de Guy Clastres. Por último interviene Jacques-Alain Miller quien señala que “hay tipos clínicos pero el sentido de un síntoma obsesivo no nos sirve para otro obsesivo”, en referencia a lo planteado por Lacan en la “Introducción a la edición alemana de los Escritos”. Lacan no nos ha dado excesivas indicaciones clínicas, encontramos tres, recuerda Graciela y enumera: la primera de ellas sobre la vacilación calculada de la neutralidad del analista que vale, para una histeria, más que mil interpretaciones. Una segunda indicación sería sobre la necesidad de saber si estamos frente a una psicosis antes del pasaje a diván. Por último, Lacan en “Variantes de la cura tipo”, recomienda cierto desdén como respuesta a la mostración de proezas por parte de los obsesivos.

La histeria es un discurso porque su síntoma implica al Otro, no así la obsesión, ni la fobia, precisa Graciela y agrega que Lacan plantea una duda respecto de la paranoia en tanto también puede pensarse que incluiría al Otro. Toda la clínica psicoanalítica es clínica de la histeria, la obsesión es un dialecto de la histeria. La estructura es histérica porque consiste en el goce rechazado, en el rechazo a saber sobre el goce. En el discurso histérico el sujeto está vacío ($) por rechazar el plus de goce (a), con el que la histeria no quiere saber nada; por eso el a comanda el discurso del analista, para reinscribirlo en el sujeto vacío  (a <> $), lo que la histeria rechaza lo reintroduce el discurso del analista. Que el síntoma implique al Otro no va de suyo en tanto es el acting un llamado al Otro mientras el síntoma, por definición, se basta a si mismo. Solo el síntoma histérico implica al otro, histerizar es sacar al síntoma del autismo. Es lo que se hace en entrevistas preliminares, ponderar si el síntoma puede incluir al Otro. No podemos prescindir de la histerización del síntoma. Joyce, en cambio, es el paradigma del sujeto analizado. La concepción joyceana es la del inconsciente y el síntoma fuera de transferencia, del sujeto al final del análisis, del desabonado del inconsciente. Se trata de un lapso que transcurre entre el final del análisis y el pedido de pase, siempre eventual, ahí ya se restablece el lazo al Otro. Publicar su obra fue una ironía psicótica de Joyce que consistió en imaginar a intelectuales, durante 300 años, dilucidando algo que no tiene sentido. Para el análisis, el desabonado del inconsciente no sirve; al desabonado le vendemos una suscripción.

Graciela introduce la cuestión de la decadencia de la práctica y de la clínica psiquiátrica en función de los DSM que, a diferencia de la de los alienistas, no consideran el desarrollo de las enfermedades. No hay un despliegue de las mismas, antes son curadas o aplastadas. Y los cuadros clínicos dependen del Otro. Nunca más, a partir de Freud, la histeria fue lo que era. La presencia del analista hizo palidecer a la histeria. Cambia el Otro y cambia la histeria. Las clasificaciones, de las que renegamos, nos sirven para ubicarnos. En lo real no hay tal separación de la histeria respecto de la obsesión o la esquizofrenia. Se trata de seres de ficción, de seres de lenguaje. Usamos clasificaciones pero nuestra clínica depende del nudo transferencial entre el analizante y el analista. Para que el psicoanálisis exista hacen falta analizantes, sujetos que supongan a un analista un saber hacer con el goce opaco del síntoma.

La clínica de hoy no es la clínica de Lacan y la clínica de Lacan no es la de Freud, aclara nuestra disertante. Freud utilizaba variadas clasificaciones pero las estructuras no se definían por la envoltura formal del síntoma sino en relación a mecanismos de defensa, o de rechazo del goce: represión, forclusión, renegación. Se trataba de mecanismos y no de apariencias. Más allá de tales mecanismos, las clasificaciones se multiplican. En Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico”, Freud reunía a “las excepciones”, “los que fracasan al triunfar” y “los que delinquen por conciencia de culpa”; se trata, entonces, de una clínica del superyó. También diferencia inhibición, síntoma y angustia. Lacan clasifica según una clínica del deseo: insatisfecho, imposible o prevenido. Habla de la clínica del amor, del amor cortés hasta el erotomaníaco. Hay una clínica del acto y una clínica de la sexualidad, del soltero y de las místicas. Una clínica de la metáfora y una clínica de la metonimia. Una clínica del final de análisis y una del pase. Una clínica del fantasma y una del sinthome. La clínica borromea; de sutura, de empalmes, de arreglos. Una clínica de la inhibición, del síntoma y de la angustia. Pero el nudo en las histerias es siempre el amor al padre. La clínica del trébol, de la paranoia, una clínica completa extraída del Seminario 23. Una clínica de las psicosis ordinarias. Una clínica post analítica; la de los identificados cínicamente con su goce, los que no tienen nada que perder, nada que esperar, nadie en quien creer.

Las clasificaciones no dejan de ser un principio organizador, advierte Graciela. La nuestra, nos dice, es una clínica de lo singular, lo que es el colmo del contra sinsentido. Toma ahora por referencia el “Índice razonado de los conceptos principales”, elaborado por Jacques-Alain Miller, incluido al final de Escritos.

Respecto de la clínica y la clase, Graciela pretende abordar la clínica de los nombres propios. A nivel del universal tenemos “Todo hombre es mortal”, se es mortal por naturaleza, no por accidente. Luego, algún hombre es calvo, “este” lo es, esta es la clínica del dedo índice, de lo particular. Lo singular conlleva el rasgo de lo momentáneo, lo relativo con respecto al Universal, pero Sócrates no se compara con nadie, deberíamos hablar de una singularidad singularísima, ¿qué es lo que hace que Juan Pérez sea Juan Pérez? Es su juamperidad.  Lo mismo ocurre con “El hombre de las ratas”, no lo recordamos por los diferentes nombres que se le atribuyen sino por gozar de este modo tan singular que se manifiesta a partir de una contingencia que es su encuentro con el “Capitán cruel”. Algo de esto se pone en juego en la clínica del pase, allí es necesario poner el cuerpo y hablar en primera persona. Por ello, la clínica es lo real imposible de soportar. Real imposible, impasse de lo simbólico, resto. En lo imposible de soportar hay una referencia al cuerpo, pero ¿imposible para quién? Para el paciente, que no lo es tanto, ya que consulta en una urgencia, por un desborde a nivel del cuerpo o del pensamiento. El síntoma es imposible de soportar. Aquí debemos establecer una diferencia entre el síntoma clínico y el que no lo es. Lacan en el Seminario 5 habla de la “descompensación en la posición histérica de Dora”, hasta allí se las arreglaba. Entonces, tenemos el síntoma como una manera de arreglárnosla y el momento en que ese arreglo se desarma y lo que era sinthome se convierte en síntoma clínico. La clínica es imposible de soportar, también, para el analista. En lo real no hay clases, lo imposible de soportar es lo azaroso e imprevisible de nuestra práctica.

 

Eduardo Suárez, a cargo de la presentación del Seminario, da lugar a las preguntas del auditorio. José Matusevich pregunta por qué no incluir, entre las variantes clínicas, la clínica del RSI. Brodsky le responderá que esa es la carretera principal. Gerardo Arenas, a su vez, consultará si la juamperidad sería el núcleo del ser, Graciela también concuerda con Gerardo, insistiendo en que le interesa remarcar que la singularidad no alcanza para definir la juamperidad. Por último, Eduardo le preguntará, basándose en la referencia a señalar con el dedo, presente en El Seminario 3 de J Lacan, si a la clínica de la singularidad se llega desde el significante, Graciela dice desconocer la referencia pero considera que no es por el lado del significante que se alcanzaría la singularidad.

 

(El Seminario dictado por Graciela Brodsky: “La clínica lacaniana”, está publicado completo en el libro del Segundo Coloquio de la Orientación Lacaniana en la ciudad de La Plata, La clínica lacaniana, La Plata, 2012, págs. 19-36).