Práctica y doctrina

PreparatoriaI-GiseleHACIA EL X CONGRESO DE LA AMP: EL CUERPO HABLANTE. SOBRE EL INCONSCIENTE EN EL SIGLO XXI

Primera actividad preparatoria –EOL Sección La Plata, 12 de diciembre de 2015

 

 

Gisèle Ringuelet

 

La doctrina psicoanalítica implica principios y posiciones con respecto a una persona que sufre. Atañe, por ende, a la práctica pero al mismo tiempo se diferencian de ésta.

En contraste con otros saberes, podemos decir que Freud gesta su invento, la experiencia analítica, en la práctica, al escuchar desde una posición inédita a personas, en su mayoría mujeres. Estas personas consultan por diversos padecimientos, mucho de ellos referidos a disfunciones corporales que no encuentran  causa orgánica, como afonías, ceguera, inhibición de algún miembro, entre otros síntomas.

Al tiempo que escucha a los enfermos, va proponiendo hipótesis. Las palabras pueden enfermar pero también pueden curar. Con argumentos y algunos principios, como la atención flotante del analista, Freud va edificando la doctrina. Pero, todos los que lo leemos, podemos constatar que quizás lo más importante que Freud deja es su método, un método en donde doctrina y práctica dialogan en forma permanente.

Dando un salto, en la conferencia titulada “El inconsciente y el cuerpo hablante”, Miller desliza una permanente alusión al  diálogo y retroalimentación necesaria entre práctica analítica y doctrina, sin descuidar el contexto.

Amuro –dice significa sobre todo que es preciso atravesar cada vez el muro del lenguaje para tratar de ceñirnos más no digamos a lo real a lo que hacemos en nuestra practica analítica. (1)

Amuro es un neologismo que se burla del amor y que para Miller también remite a la función de explorador que el mismo se asignó.

Este neologismo que usa Miller para hablar de la práctica analítica, fue inventado por Lacan en 1972.

Lacan, al poner  entre paréntesis el objeto a, introduce algo de suma importancia que es la relación con la castración que se pone en juego cuando se ama.

En el lenguaje francés, el (a)muro es un juego de palabras entre amor (l´amour) y muro (le mur ). Y además, el muro, considera Lacan, puede ser muroir, otro neologismo que inventa en 1972 y que remite a espejo (miroir) y hospicio para moribundos (mouroir).

Entonces, Lacan hace uso de neologismos para transmitir algo que atañe a la práctica, a la experiencia analítica.

En 1975, Lacan inventa tres palabras: parlêtre, sinthome y escabeau. Las introduce en el discurso analítico y arma con ellas una trama que da cuenta del viraje, que considera necesario para operar en la clínica.

Tres neologismos que, a mi entender, se anudan a lo que Miller ubica como “nuestro oráculo”, la relación sexual no existe (y que, por ende, exige del psicoanálisis su interpretación).

Lacan valiéndose de la lógica y la topología reemplaza el inconsciente freudiano por el parlêtre. Sustituye el concepto de síntoma por el de sinthome, que da cuenta de un acontecimiento de cuerpo, una emergencia de goce, y desplaza el síntoma del inconsciente estructurado como un lenguaje que es una metáfora y que implica un efecto de sentido inducido por la sustitución de un significante.

En este punto me gustaría recordar el relato de una paciente de Lacan: “un día que estaba contándole un sueño que había tenido, digo “todas las mañanas me despierto a las cinco en punto” y agrego “a las cinco en punto era cuando la Gestapo [se pronuncia yestapó] iba a capturar a los judíos a sus casas. En ese momento Lacan salta de su asiento, se acerca a mí, y me hace una caricia en la mejilla. La entendí como un “gesto en piel” [geste à peau]. Y agrega: la sorpresa no eliminó el dolor pero lo convirtió en otra cosa. La prueba es que 40 años más tarde, cuando recuerdo ese gesto aún pudo sentirlo en la mejilla. Fue también un gesto que constituía un llamado de humanidad, algo así”. (2)

Lacan lee el sonido e interviene con su acto, con un gesto que es interpretado por la paciente, “gesto en piel”. Permitiendo a la analizante escribir de una manera diferente el goce en su cuerpo, un goce que nombra “humanidad”.

En este breve relato, vemos que la intervención lejos de conducir al sentido, se instala en el sonido para operar sobre el cuerpo hablante, desbaratando, en parte, el sentido cristalizado. Una interpretación, que como tal, solo se verifica retroactivamente.

Es una intervención que no apunta a una elucubración de saber, ni tampoco a un efecto de verdad absorbido enseguida por la sucesión de las mentiras. Se dirige al parlêtre en la medida que tiene en cuenta “otro” orden simbólico y “otro” real, distintos de aquellos sobre los cuales se había establecido el inconsciente freudiano.

El cuerpo hablante es un misterio, que al no ser un matema, nos lleva a considerar los modos con que cada uno usa la palabra. Modos de palabra que Miller considera: “En términos de retórica, hay la metáfora y la metonimia; en términos de lógica, lo modal y lo apofántico, lo afirmativo, incluso lo imperativo; y en la perspectiva estilística, está el cliché, el proverbio, el estribillo…” (3). Es, entonces, a partir del modo como cada quien habla que se puede cernir que unión se produjo entre la palabra y el cuerpo de cada parlêtre.

Pero, nos recuerda Miller, los parlêtres, estamos condenados a la debilidad mental por lo mental mismo y precisamente por lo imaginario, por lo imaginario del cuerpo e imaginario del sentido. Por eso, la debilidad que navega entre los registros imaginario y simbólico, enferma de sentido al anudar el cuerpo hablante al delirio y engañar lo posible.

Analizar en esta época, implica entonces, jugar una partida compleja entre delirio, debilidad y embaucamiento a la que apostamos pero no siempre ganamos.

 

Notas bibliográficas:

(1) Miller, J.-A.: “El inconsciente y el cuerpo hablante” en revista Lacaniana Nº 17, Publicación de la EOL, Grama, Buenos Aires, 2014, pág. 22.

(2) Hommel, S.: Texto extraído, transcripto  del film “Una cita con Lacan” de Gérard Miller, (traducción del fragmento citado a mi cargo). https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=VA-SXCGwLvY

(3) Op. Cit. nº (1), pág. 30.

 

 

 

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