Noches de Directorio - La formación del analistaNúmero 13 - septiembre 2019

Ponge, el logoscopio

SEGUNDA NOCHE DE DIRECTORIO: LA INTERPRETACIÓN QUE DESPIERTA: RESÓN – JACULACIÓN EOL Sección La Plata, 19 de Junio de 2019.

 

Anahí Mallol

 

 

Francis Ponge, un poeta francés que escribe una poesía nueva, como surgida desde sí, y sin embargo profundamente enraizada en la tradición de poesía francesa, nació en 1899. Bachiller brillante, es reiteradamente aplazado en los exámenes orales de admisión a las instancias universitarias, o los abandona. Trabaja en Gallimard. Edita, coetáneo de las dos guerras mundiales y en París. En el verano del 42 aparece Le parti pri de choses, a la vez colapso y renacimiento del decir, e inicia, si puede decirse así, más allá de su relación interrumpida con el partido comunista, una militancia por la poesía como interrogación de las palabras por las palabras.

“No se trata de ordenar las cosas, dice, no se trata de la noria, no hay que combinar las cosas en un sentido rebelde, en argot, hace falta que las cosas se desordenen. Se trata de que los obliguen a salir del ronroneo, no hay otra cosa más interesante porque no hay otra cosa que pueda hacer progresar al espíritu” (1).

Podríamos decir de Ponge que es el poeta francés que resuelve, sin angustias, la aporía que había planteado Mallarmé, cuando dijo, unos cuarenta años antes, su maravillosa frase acerca de la flor y la poesía.

“Digo: ¡una flor! Y, más allá del olvido a que mi voz confina todo contorno, en tanto que algo distinto de los consabidos cálices, musicalmente se eleva, idea asimismo y suave, la ausente de todo ramo” (2).

Marcaba Mallarmé, diríamos para siempre, la distancia incalculable e irreconciliable que va de la palabra a la cosa. Aunque los poetas siempre han trabajado ahí, en la conciencia infinita de esa distancia, Mallarmé la plantea con una precisión y con un tinte decimonónico, en el contexto de muerte de los dioses, únicos.

Frente a ello hay varias posibilidades: la inutilidad suprema de la palabra y la poesía, la angustia, el anonadamiento, o el trabajo sin par del poeta. Mallarmé, sabemos, opta por esto último, haciendo de su poesía finos cristales que a la vez iluminan y señalan ese agujero.

La opción de Ponge es, a la vez que heredera de ello, diferente. Ponge es un poeta admirado por la consistencia del mundo, de las cosas. Realidad sensual y material, para él inapelable, fuente, desde lo cotidiano, del asombro más intenso, la poética de Ponge se va desarrollar como un asedio a los pequeños objetos.

¿En qué consiste ese asedio? En trabajar, a partir de un breve dato concreto, en la construcción de un artefacto de lenguaje que lo interpela desde diversos ángulos, en una especie de visión profunda, hasta lograr hacer del poema una cosa por sí misma.

Ideal del poeta auténtico, entonces, el de Ponge consiste en lograr que el poema tenga la consistencia de un objeto del mundo exterior, que persista o perviva, que pase de mano en mano como una piedra, sin agotarse nunca, a la vez presente y enigmático, al mismo tiempo que es consciente de la imposibilidad de achicar esa distancia entre la palabra y la cosa, y juega entonces su lugar en ese intersticio como una tentativa no banal, sino existencial.

Pero Ponge da un paso más en esa tentativa cuando hace del lenguaje una cosa con la misma consistencia de los objetos; el lenguaje empieza a formar parte del universo de las cosas y es acosado por su poética con la misma intensidad.

La palabra entonces, con su abanico de semantismos posibles, y en su materialidad sonora y gráfica, una cosa más entre las cosas, contribuye a la visión poética de la cosa, constituye su visión poética, como un ingrediente más de su fórmula química. Eso hace del poema una bomba, un mecanismo de relojería que en lugar de estallar y esparcir sus esquirlas en el mundo de las cosas. A partir de la retórica crea un objeto que resiste y se ofrece “para hallar al hombre venidero, al que todavía no es, al que tiene cualidades nuevas, inauditas” (3).

Lo que le valió la siguiente afirmación de Derrida: “Ce qui à ma connaissance a été méconnu, et que tout le manège sur I’anthropomorphisme était sans doute destiné à éviter ou à dénier, (et il s’y est souvent prêté) c’est peut-être ceci : la chose pour lui, ce n’est pas quelque chose qu’il faut écrire, décrire, connaître, exprimer, etc., en fouillant en elle ou en nous, selon l’alternative circulaire du manège. C’est aussi cela, bien sûr, et abondamment, d’où  le droit à la confusion. Mais ni d’abord ni seulement. La chose n’est pas quelque chose qui se conforme à des lois dont j’aurais à parler de façon objective (adéquate) ou au contraire subjective (anthropomorphique)” (4).

“Lo que, a mi entender, ha sido ignorado (y toda la cuestión sobre el antropomorfismo estaba destinada sin duda a evitar o a negar) es tal vez la siguiente: la cosa, para él, no es algo que hay que escribir, describir, conocer, expresar, etcétera, indagando en ella o en nosotros, según la alternativa circular del manejo habitual de la relación sujeto-objeto. Es eso, por supuesto, en gran medida, de donde surge el derecho a la confusión. Pero no en primera instancia ni solamente. La cosa no es algo que responda a leyes de modo que se pueda hablar de ella de manera objetiva (adecuada) o por el contrario subjetiva (antropomórfica)”.

Si la poesía no acorta la distancia, diría Ponge, le rinde tributo: abre el objeto a la vez que abre el lenguaje, instala una interrogación, un extrañamiento, ahí donde el mundo estaba detenido en su murmullo inaudible, no con un grito, no con una pancarta (como habían hecho las vanguardias) sino sencillamente con una descripción-imagen que, partiendo de lo conocido, se expande, abarca lo apenas sabido, va más allá hacia lo que no se sabía, se tiende a un futuro incierto, sin rechazar las visiones del objeto que, al modo cubista, se yuxtaponen, y abarcan lo visible y lo invisible, lo convencional y lo novedoso, la materia y la forma, lo bello y lo feo.

Para ello nada mejor que escuchar un poema que, como su autor mismo dice, es un poema no logrado (Traducción de Silvio Mattoni)”

El CABALLO

Varias veces grande como el hombre, caballo de narices

Abiertas, ojos redondos bajo párpados entornados, orejas

Erguidas y largo cuellos musculoso.

 

El más alto de los animales domésticos del hombre, y

verdaderamente su montura indicada.

El hombre, un poco perdido sobre el elefante, está en su

mejor aspecto sobre el caballo, un trono verdaderamente a

su medida.

¿No vamos, espero, a abandonarlo?

¿No va a volverse una curiosidad de Zoo, o de Tiergar-

ten?

… Ya, en la ciudad, no es más que un miserable ersatz

del automóvil, el más miserable de los medios de tracción.

 

¡Ah, es también – ¿duda el hombre ello?-algo muy

distinto! Es la impaciencia hecha aletas nasales.

Las armas del caballo son la fuga, el mordisco, la coz.

Parece que tuviera mucho olfato, buen oído y una vívida

sensibilidad del ojo.

Uno de los más bellos homenajes que uno está obligado

a rendirle es ver ataviarlo con anteojeras.

Pero ningún arma…

 

Pero ningún arma…

De allí la tentación de añadirle una. Una sola. Un cuerno.

 

Entonces aparece el unicornio.

 

El caballo, gran nervioso, es aerófago.

Sensible el más alto punto, aprieta los maxilares, retiene

su respiración, después la suelta haciendo vibrar fuerte

mente las paredes de sus fosas nasales.

También por eso el noble animal, que no se alimenta sino

de aire y de pasto, no produce más que bollos de paja y

pedos estruendosos y perfumados.

Estruendismos perfumados.

Qué dije, que se alimenta de aire? se embriaga de él. Lo

aspira, lo inhala, resopla allí.

 

Se precipita allí, allí sacude su crin, allí hace volar sus

coces hacia atrás.

Evidentemente querría levantar vuelo.

La carrera de las nubes lo inspira, lo exaspera de emula

ción.

La imita; se desenfrena, caracolea…

Cuando chasquea el relámpago del látigo, el galope de

las nubes se precipita y la lluvia pisotea el suelo…

 

¡Suéltate del fondo del corral, fogoso ropero hipersensi

ble, de nudos redondos bien encerados!

¡Grande y hermosa cómoda de estilo!

De ébano o de caoba encerada.

Acaricien el cuello de este ropero, que enseguida adopta

un aire ausente.

El trapo en los labios, el plumero en las ancas, la llave en

la cerradura de las aletas nasales.

Su piel tiembla, soporta impacientemente las moscas, su

casco martillea el suelo.

Baja la cabeza, tiende el hocico hacia el suelo y come

pasto.

Hace falta un banquito para ver sobre el estante de

arriba.

De epidermis cosquillosa, decía… pero su impaciencia

de carácter es tan profunda que en el interior de su cuerpo

las piezas de su esqueleto se comportan como las piedritas

de un torrente.

 

Vista por el ábside, la más alta nave animal en el establo…

 

¡Gran santo! ¡Gran corcel! hermoso por detrás en el

establo…

¿Qué es ese espléndido trasero de cortesana que me

recibe? ¿elevado sobre finas piernas, con tacos altos?

Alta volatería de los huevos de oro, curiosamente esquilada.

¡Ah, es el olor del oro que me salta a la cara!

Cuero y estiércol mezclados.

El omelette de olor fuerte, de la gallina de los huevo de oro.

Omelette de paja, de tierra: con el ron de tu orina, surgido

de la ranura bajo tu crin…

Como al salir del horno, sobre la bandeja del repostero,

Los bollos, las mil─pajas─al─ron del establo.

Gran santo, tus ojos de judío, solapado, bajo los arreos…

 

Una suerte de santo, de humilde monje en oración, en la

penumbra.

 

Un monje, dije?… ¡No! Sobre su litera excrementicia, un

pontífice, un papa ─que mostrará en primer lugar, a todo el

que llegue, un espléndido trasero de cortesana, con ánimo

alegre, sobre unas piernas nerviosas elegantemente terminadas

hacia abajo por cascos de tacos muy altos.

 

¿Por qué ese choque de barbadas?

¿Esos golpes sordos en el tabique?

¿Qué pasa en ese box?

¿Pontífice en oración?

¿Colegial en penitencia?

¡Gran santo! Gran corcel (¿corcel o corso?), hermoso por

detrás en el establo,

¿Por qué, monje santo, te pusiste calzones de cuero?

─ Perturbado en su misa, volvió hacia nosotros unos ojos

de judío…

 

El poema puede comenzar con unas descripciones sucesivas del objeto desde distintas perspectivas, y estallar después cuando lo que arma el abanico de posibilidades es la palabra en su consistencia sonora o gráfica, cuando es esa materialidad significante la que marca el derrotero del poema, hasta hacer de la cosa eso que es a la vez familiar y extraño.

Los sonidos entonces, los grafismos, la distancia que va del poema dicho al escuchado, del objeto visto al dicho, por el camino de una nueva percepción expandida, desarrollan entre sí relaciones inusitadas, permean sentidos desde los sonidos, unen como partículas o moléculas significantes que se desprenden y reúnen al modo de constelaciones, y relanzan objeto y lenguaje, por vía del poema, a un mundo ahora enrarecido, expandido.

De un lado hay que “levantar la piel de las cosas”, dejarse llevar hasta su propio punto de vista, para que hablen con su propia minúscula voz, en tributo a su resistencia, su permanencia, su opacidad contundente, por el otro, hay que atender a esas otras cosas un poco raras, las palabras, en sus tres dimensiones, la dimensión oral, la dimensión gráfica, y también la dimensión significativa, con sus capacidades de asociación infinitas, que tienen también la consistencia de una cosa, y entonces se desata, en ese proceso, la semántica flotante, que hace ver y oír, el mundo, las palabras, las significaciones, más allá de lo ya visto, ya oído, ya dicho. La poética de Ponge opera con los ecos, resuena, relanza al mundo de la percepción, de la significación, de la posibilidad de decir-oír-hacer ver, lo más cotidiano: el pan, el agua, una naranja, ahí donde marca a la vez, hueco y sutura, por la salida del choque significante.

Se abre entonces la palabra en sus resonancias, se vuelve audible lo que no había sido dicho, y esa cosa, que une y separa, pero que, sobre todo, para Ponge, permite el tercer espacio creativo y vivo, el lenguaje, se expande y dice y desdice y da un lugar donde alojarse a un lector extrañado de sí mismo. ¿Esta, mi mano? ¿Esta piedra la piedra que vi alguna vez? Como si invitara o dijera, vamos a mirar y escuchar todo de nuevo, porque ahí, en alguna parte, lo perdido llama, el lenguaje hace sus ecos, tanto como el objeto, y como quien lo contempla y lo dice, sin aspavientos, sin manifiestos, simplemente así, con el permiso de decir, me entrego a este mundo, en este mundo, con objetos, con lenguaje, hago un lugar, un poema, y lo llamo mío, a la vez que lo ofrendo.

 

Citas:

(1) “Tentativa oral”, conferencia dictada en Bruselas, 22 de Enero de 1947, p. 32.

(2) “Crisis de verso”. Traducción de Jaime Moreno Villarreal.

(3) “Tentativa oral”, pag 34.

(4) Sgnéponge, p. 13.

 

Bibliografía:

Derrida, J.: (1984). Signéponge. New York: Columbia University Press.

Mallarmé, S.: (1998). Variaciones sobre un tema. México,  Verdehalago .Traducción y prólogo de Jaime Moreno Villarreal (1895).

Ponge, F.: (1999). Le parti pris des choses. Paris, Gallimard.

Ponge, F.: (2000). Métodos. Buenos Aires, Adriana Hidalgo. Traducción de Silvio Mattoni

Ponge, F.: (1995). Tentativa oral. Córdoba, Alción. Traducción y prólogo de Silvio Mattoni.