Ecos y reseñasJornadas y CongresosNúmero 11 - julio 2018

La sonrisa en la guitarra

ECO DEL XI CONGRESO DE LA ASOCIACIÓN MUNDIAL DE PSICOANÁLISIS: LAS PSICOSIS ORDINARIAS Y LAS OTRAS, BAJO TRANSFERENCIABarcelona, 2 al 6 de abril de 2018

 

 

 

Mariana Isasi

 

Apenas se inicia el onceavo Congreso de la A.M.P. Miquel Bassols, su aún presidente, nombra las discontinuidades que marcan el evento internacional. Ya cumplido el ciclo del ternario simbólico, real e imaginario –en los Congresos del 2012 en Buenos Aires, del 2014 en París y del 2016 en Río de Janeiro, respectivamente–, esta vez se trata de un tema clínico. El término elegido en la primer parte del título del Congreso, “las psicosis ordinarias”, inventado por Jacques-Alain Miller e introducido a finales de los noventa, abre una suerte de retorno a la clínica a partir de la última enseñanza de Jacques Lacan. E incluso invita a verificar su alcance epistémico y político en el marco de un momento de discontinuidad en las Escuelas de la A.M.P. en las tres dimensiones. Pero la mayor de las discontinuidades que marca este Congreso es la ausencia de Judith Miller, presidenta de la Fundación del Campo Freudiano.

Fue muy bonita la metáfora de Anna Aromí, codirectora del Congreso, quien al dar la clave de la organización del espacio y de la estructura de edificio del mismísimo programa, nos habla de arquitectura. Además de ser lo que define a Barcelona por todas partes, fue el comentario de Jacques-Alain Miller, “vamos a tratar la arquitectura de las psicosis ordinarias”, lo que gestó la idea. Claro está que el secreto de toda arquitectura es que rodea un vacío, que no tiene por qué ser triste. En ese momento, la sonrisa de Judith.  Junto al señalamiento de que el modo en que se trata el vacío en los Congresos es con el gay savoir, al saber alegre.

De la mesa “Con Judith. Leer a Lacan y difundir su enseñanza en el mundo” abundan ecos. El que ella hacía con el Campo Freudiano al encarnar una vocación de exterioridad que iba y volvía al centro. Éxtima al Psicoanálisis por no ejercer la práctica clínica, consonaba con el espíritu del Campo Freudiano al encontrar su centro de gravitación fuera de sí, en el Otro de la época. Ecos de palabras que subrayan su tarea de pasar por un recorrido en extensión del Psicoanálisis a través de la babel de lenguas, sin dejar de prestar atención por el detalle de la subjetividad en diversos sitios del mundo. De una transferencia decidida hacia el texto de Lacan, Judith Miller animó y difundió el deseo de lectura. Lejos de hacer de “Lacan” un objeto de devoción lo volvió un significante vivo, asumió el proyecto de Escuela que su padre propone en el “Acto de Fundación” (1). Tuvo lugar una secuencia de testimonios de quienes trabajaron de cerca con ella en varias de las entidades que llevan su sello: la red Cereda (2), el C.I.E.N. (3), las múltiples revistas antes y después de la F.I.B.O.L. (4). Su sello ligado a la pasión por la lectura y a la promoción de la conversación del Psicoanálisis con otros discursos del mundo actual. En ese momento, la sonrisa política. Fue conmovedor escuchar las palabras con que Flory Kruger relata cómo un perfil discreto y casi frágil contrastaba con una capacidad de trabajo de alcances insospechados: “podía, desde abrir un congreso internacional, con la presencia que la caracterizaba, hasta arrastrar valijas pesadísimas cargadas de ese objeto precioso que eran para ella las publicaciones”.

Hubo continuidad de esa discontinuidad que su ausencia impuso al Congreso. Porque los rasgos con que se la testimonió habitaron el trabajo colectivo en su transcurso. La misma causa hace eco.

Resta un eco enigmático. El que retoma Eric Laurent parafraseando a Jacques Lacan, cuando se le viene a la mente la poética de Paul Eluard: “el duro deseo de durar”. Para el caso de este Congreso la modulación de la frase fue “el duro deseo de duelar” que, aclara Anna Aromí, no es un duelo, no es dolor…

Por último, unas líneas sobre un fragmento audiovisual que nos regaló la pantalla del Congreso. Allí se recrea una canción tradicional de Irlanda, “La chica de Aughrim”, de la que James Joyce se sirvió al finalizar “Dublineses”. Cuenta Ram Mandil el destino de la guitarra de Joyce, de estar durante años guardada en una vitrina del “Museo Joyce”, a ser restaurada y presentada en acción ante nosotros. “Si a Joyce le gustaba que su libro Finnegans Wake fuera leído en voz alta, ahora tenemos la oportunidad de escuchar otra sonoridad que nos llega de Joyce a través de su guitarra.

Lo que nos permite decir que, con Joyce, “un sonido siempre llega a su destino” (5). Será ese modo loco del fuera de escena que provocan las pérdidas…pero si hay algo que hacía esa guitarra, era sonreír.

 

 

 

 

 

 

Notas:

(1) Lacan J.: “Acto de Fundación”  en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, pág. 247.

(2) Centro de Investigación sobre el Niño en el Discursos Analítico.

(3) Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Niño.

(4) Federación Internacional de Bibliotecas de la Orientación Lacaniana.

(5) Mandil, R.: “La guitarra de James Joyce”, XI Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Barcelona, 2018, https://player.vimeo.com/video/262384356.