Noches de Directorio - La formación del analistaNúmero 9 - julio 2017Sin categoría

La práctica actual

 

PRIMERA NOCHE DE DIRECTORIO. MÁS ALLÁ DEL EDIPO: RECONFIGURACIONES DE LA PRÁCTICA –EOL Sección La Plata, 29 de marzo de 2017

 

Primera Noche de direct (1)

 

Stella López

 

En “Breve introducción al más allá del Edipo” de 1992, J.-A. Miller expresa “el psicoanálisis aun no es laico” (1), y que hizo falta Lacan con su retorno a Freud para formalizar al padre freudiano y cómo ir más allá.

Es probable que en esto subyazca, a mi parecer, lo que Lacan en el Seminario 20, compara “la contribución de Freud de salvar de nuevo al padre imitando a Jesucristo. Modestamente, sin duda, pues no lo hace a fondo” (2). Para 1938 en “La familia”, ensayo que escribe para la enciclopedia francesa a solicitud de Henry Wallon, presenta la Viena en la que el hijo del patriarca judío imaginó y rescató al padre con el Complejo de Edipo, como centro de una crisis de la familia, a la vez que invita a situarnos dentro de aquellos que no se afligen de un supuesto relajamiento del vínculo familiar.

En “La proposición del 9 de octubre de 1967. Sobre el psicoanalista de la Escuela” tres inercias son señaladas frente a las que el psicoanálisis como práctica debería moverse a contracorriente (3). Una misma lógica opera en el mito edípico, la sociedad analítica y el campo de concentración.

En lo simbólico tenemos el mito edípico del significante del Nombre del Padre, “único mito de creación moderna” (4), ectópico con respecto a la experiencia analítica. Sin embargo, el complejo de castración como función causal de la falta en el Otro en la neurosis, no es un mito, es una forma de novelar, ficcionalizar la pérdida del goce. La promoción de las identificaciones imaginarias opera como recubrimiento a la falta de un universal, “el padre”; al dar por hecho al padre y a las identificaciones imaginarias se oculta la inercia del goce, esto es, la alteridad en el interior del propio sujeto (éxtimo).

La crítica de Lacan al familiarismo y sus consecuencias en la dirección de la cura, es acentuada en varios de sus textos de los ‘60. Nos muestra “el apego especificado del análisis a las coordenadas de la familia” (5). “La ideología edípica” (6) que trastoca el mito con la estructura familiar y que orienta a una identificación de las funciones simbólicas con los personajes de la familia en juego, tiene como consecuencia el ocultamiento de la falta del Otro en lo simbólico (castración). Se promueven así figuras ideales en desmedro de las funciones simbólicas. Estas últimas, pueden sostenerse por sujetos diversos si están sostenidas en “un deseo que no sea anónimo” (7). A la vez es, para esta época, contundente: “retiren el Edipo del psicoanálisis en extensión y estamos en el delirio del presidente Schreber” (8). Debemos servirnos del Nombre del Padre para poder nombrar un deseo que no sea anónimo, sin estancarnos en la inercia edípica. Pero, en el interior del psicoanálisis, se debe hacer una autocrítica de su ideología edípica, el propio uso que se hace del Nombre del Padre en “su” comunidad.

El padre freudiano como operador hace converger el goce y el sentido.

Persiste no obstante lo incurable que dejó de ser un fracaso a partir de la lectura de Lacan, a partir de colocar lo que es el modo singular de goce de cada uno. Mostró asimismo la paradoja del deseo de Freud y lo que este debe a la lógica fálica. Miller nos precisa cómo desde 1963 Lacan designa el “deseo de Freud para extraerlo. El discurso analítico es el psicoanálisis más allá del Edipo menos el deseo de Freud” (9). La apuesta de la función del Nombre del Padre es en el psicoanálisis práctica al igual que el más allá del Edipo. Este último, no es sin localizar el Edipo y llevarlo hacia sus límites. No se trata de matar al padre sino de reconocerlo en su semblante. J.-A. Miller desprende de esto, como ir en contra de aquello que en el dispositivo mismo de la interpretación lleva al Sujeto supuesto Saber a identificarse con la función del padre, y luego tener apartado al Sujeto supuesto Saber de los semblantes del padre, liberar el significante amo del plus de goce en provecho de hacer consistir a éste. Dejarle descubrir al sujeto el por qué de los semblantes y el cómo del goce. Trayecto que va de “eso se dice” a “eso se goza”.

Nuestra práctica, en esta época, ¿es más allá del Edipo, con lo que tiene la expresión de dimensión espacial? ¿O después del Edipo? La fórmula “después del Edipo” expresa la declinación de la autoridad del padre. Como bien dice Gorostiza en su artículo “Después del Edipo, las mujeres se conjugan en futuro”, esto implica “que ingresamos en una zona incierta donde no contamos con la referencia del Edipo, incluso su más allá para orientarnos”; “con la idea de un inconsciente, el freudiano, entendido como un saber eterno destinado a la repetición de lo mismo”. (10)

La práctica actual es una lectura que apunta a algo real distanciado de la semántica. Para eso intentamos desprender las consecuencias que van del lenguaje a lalengua; del inconsciente transferencial al inconsciente real, del sujeto al parlêtre, del inconsciente abierto a la invención, distanciados de la nostalgia de los tiempos edípicos.

“Cuando se analiza el inconsciente el sentido de la interpretación es la verdad, cuando se analiza al parlêtre el sentido de la interpretación es el goce”. Una teoría del psicoanálisis se evalúa en función de las consecuencias que tiene respecto a la interpretación. A decir verdad, la interpretación es el nudo de la práctica analítica” (11). Una práctica que apunta a ceñir lo real del síntoma. Deshacer con palabras lo que se hizo con palabras. Si el lenguaje está   en lalengua es precisamente en ese nivel donde la interpretación tiene efectos, en los que el analista “paga con su cuerpo”. La interpretación no puede reducirse al desciframiento de un saber sino que tiene que alcanzar el registro del goce que se experimenta en el cuerpo. No hacemos hablar a un sujeto sino a un cuerpo.

Hacer resonar otra cosa que el sentido, una conexión con el agujero. Inventar una práctica sin valor, que solo sirve para aquel a quien le fue dirigida, no tiene valor ni de intercambio ni de uso. Es sin valor, como la poesía en tanto no sea una mera sustitución de sentido, sino acentuando el efecto de agujero, de vaciamiento.

En nuestra práctica actualmente en su gran mayoría, no siempre –aclaro–, asistimos a presentaciones que no se dirigen a Otro, más bien podemos hablar de un rechazo al Otro o al menos poco permeables inicialmente a la palabra.

¿Cómo intervenir sin alimentar el sentido? ¿Cómo abrir la dimensión de la palabra que vectorice al inconsciente transferencial? Se ha dicho que a partir de la última enseñanza la interpretación tiene el beneficio de resultar más operativa, más pragmática. Formas de intervención más activas para que surja en lo singular de un encuentro la palabra que mueva, para que el sujeto crea en los efectos de la palabra, y se atribuya las consecuencias de lo que diga.

 

 

Notas:

(1) Miller, J.-A.: “Breve introducción al más allá del Edipo”, en Del Edipo a la sexuación, Colección del Instituto Clínico de Buenos Aires Nº 3, ICba-Paidós, Argentina, 2001.

(2) Lacan, J.: El Seminario, libro 20, Aún, Paidós, Buenos Aires, 1981, pág.132.

(3) Bassols, M.: “Psicoanálisis en intensión y en extensión: los tres puntos de fuga”, en La interpretación como malentendido, Colección Diva, Buenos Aires, 2001, pág. 101.

(4) Lacan, J.: “La proposición del 9 de octubre de 1967. Sobre el psicoanalista de la Escuela”, en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, pág. 616.

(5) Ibíd., pág. 616. 

(6) Óp. Cit. n° (4), pág. 275.

(7) Lacan J.: “Nota sobre el niño, en El Analiticón 3, Publicación del Campo Freudiano en España, Barcelona, 1987, pág. 16.

(8) Óp. Cit. n° (4), pág. 275.

(9) Óp. Cit. n° (1), pág. 18.

(10) Gorostiza, L.: “Breve introducción al tema PIPOL VI: Después del Edipo, las mujeres se conjugan en futuro”, inédito.

(11) Miller, J.-A: El ultimísimo Lacan, Paidós, Buenos Aires, 2013, pág. 165.