Elogio de la virtualidad

4-hiperconectados-gbXXV JORNADAS ANUALES DE LA EOL: HIPERCONECTADOS. LOS PSICOANALISTAS FRENTE A LOS LAZOS VIRTUALES Buenos Aires, 29 y 30 de octubre de 2016

 

por Graciela Brodsky

 

Si Platón hizo el elogio de Sócrates, Erasmo el de la locura, Miller el de la necedad, Juanqui Indart el del acting-out, ¿por qué no permitirme hacer un breve elogio de la virtualidad?

No soy socióloga ni adivina. No tengo la menor idea de si las generaciones futuras serán más o menos tontas debido el uso temprano de tabletas y pantallas. No sé si la escritura manual y la caligrafía tendrán algún sentido dentro de 20 años. No soy amiga de la futurología, especialmente cuando toma la forma de la reivindicación, profundamente reaccionaria, de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

La imagen que se posteó para las Jornadas en la que se ve en paralelo una fila de jóvenes mirando el celular y debajo una fila de señores con sombrero, tal vez tan jóvenes como los primeros, leyendo el diario, me hizo reflexionar sobre lo que habrán dicho nuestros abuelos con la invención del teléfono, horrible aparato que condenaba al olvido las delicias del estilo epistolar y reemplazaba la letra por palabras que, como se sabe, o al menos como se creía antes de imaginar que pudieran ser almacenadas y contadas en bits, se las lleva el viento. Hay un bonito capítulo de “Downton Abey” en el que el teléfono llega a la casa, para entusiasmo de los jóvenes y escándalo del mayordomo que, como siempre, encarna la tradición.

En fin, somos psicoanalistas. Vivimos en esta época que es la del Otro que no existe, como nos gusta decir. No es que antes el Otro existiera, pero los semblantes que ocupaban su lugar velaban con cierto éxito su inexistencia, inspiraban cierta confianza y hasta se podía creer en ellos. La época ésta, la nuestra, es simplemente aquella en la que la caída de los semblantes deja ver lo que siempre estuvo velado, que es la inexistencia del Otro. Esta es nuestra época, y la de nuestros pacientes. Nos las tenemos que arreglar con pocos semblantes, con mucha increencia y con un Otro que se reduce al cuerpo que apenas tenemos.

De las imágenes que se subieron ninguna me llamó tanto la atención como aquellas que ilustran la incomunicación entre padres e hijos, entre hombres y mujeres, entre familias enteras, por el hecho de que cada uno mira la pantalla y no a quien tiene enfrente. Retirada la pantalla, ¡milagro!: los Ingals copan la escena, las familias se descubren, los padres se comunican con sus hijos, los hombres y las mujeres se abrazan.

No sé en qué mundo viven quienes imaginan esas familias, esos padres, esos hijos, esos hombres y mujeres. Seguramente en un mundo no lacaniano, en un mundo donde la relación sexual existe, donde el otro no es malo, donde la hermandad no promete la segregación. Sin el celular, el domingo de la vida. ¡Vamos! ¡Un esfuerzo más para ser lacanianos!

Por eso, de todas las fotos subidas al Facebook, la que me parece inmejorable es la que muestra en un banco de museo, e indiferente a la grandeza épica del cuadro que está en segundo plano, a un grupo de jóvenes mirando el celular. Sí, pero de un lado del banco están las chicas, y del otro, a sus espaldas, los chicos. El celular no disimula que entre el hombre y la mujer hay un muro. La foto parece una representación animada de las formulas de la sexuación.

Una de las condenas que, merecidamente, profieren los detractores de la virtualidad, es que las pantallas permiten hacerle la verónica al encuentro de los cuerpos, que inducen un goce autista que ahorra el trabajo de darse una vueltita por el piso de debajo de las formulas del Seminario 20. Cierto. Rigurosamente cierto. La imagen virtual hace olvidar lo real del cuerpo. No tanto del cuerpo propio, porque la imagen virtual puede servir para animarlo, pero sin duda hace olvidar lo real del cuerpo del Otro. Pero como somos psicoanalistas, sabemos que tener un cuerpo no es nada ganado de antemano, que arreglárselas con el propio cuerpo supone un largo trabajo que empieza con el estadio del espejo y no se sabe cómo ni cuándo termina, pero que arreglárselas con el cuerpo del Otro es mucho más difícil aún, que un cuerpo se acomoda a otro cuerpo tanto como un pez a una manzana.

La señora S. consulta justo antes de dejar todo, trabajo, ex marido e hijos, para irse a probar suerte a otro país. Consulta cuando ya sabe que la única posibilidad de encuentro con el analista será virtual. Como una vez instalada lo suficientemente lejos de su entorno familiar los rivales empiezan rápidamente a existir, deja todo de nuevo para instalarse en la playa, un poco más lejos cada vez. Su trabajo le asegura que sólo podrá volver una vez al año, no sin vencer obstáculos burocráticos de toda índole. Ya de adolescente había encontrado la manera de alejarse del Otro terrible encarnado por la mujer del padre yéndose a vivir sola. Aislada en una playa, contactada por whatsapp con su analista y su familia, se queja de la poca conectividad de sus hijos. La solución que imagina entonces es poner cámaras en cada cuarto de su casa para poder verlos de cerca.

El señor P. accede a hablar al público que lo escucha en una presentación de enfermos. El Otro toma para él formas diversas: el semejante encontrado en la infancia en una escena sexual, la familia, la policía, la comunidad de la iglesia, finalmente el Otro terrible que en una ceremonia de imposición de manos desencadena la fragmentación del cuerpo y el desastre creciente de lo imaginario. Todos resultan intrusivos. Sin embargo, al finalizar la entrevista pide al público que anoten su Facebook. Y Silvia Baudini, que comenta el caso, agrega: “Tal vez su tratamiento se oriente a que el Otro, limpiado de goce, pero con cuerpo, se interese por su Facebook, y a partir de ahí pueda construir una red imaginaria que incluya un afecto que enlace al cuerpo y de nombre a lo que lo invade”. (1)

En el libro que recoge el trabajo del Ateneo sobre el adolescente contemporáneo, Magdalena Chiappini (2) nos enseña cómo, para tal joven autista, mirar a la analista a través del espejo del ascensor, poner una pantalla a la visión, colocar un objeto intermediario entre la mirada y el cuerpo, hablarle por medio de objetos, tras bambalinas, vela la dimensión del Otro del cual el autista rechaza depender. No es la tríada madre niño falo, pero es una tríada que introduce un objeto mediador entre el goce amenazante y el cuerpo del que el autista no dispone, mediación que abre las puertas a un tratamiento posible.

Para la señora S. estar a salvo es ocultarse. Su lazo con el Otro es posible a condición de sustraer el cuerpo, de ser un lazo indirecto, a condición de apagar la voz mediante el whatsapp y desviar la mirada mediante la cámara. Contrariar su solución no sería de buen pronóstico. Para el señor P. el Facebook es tal vez la posibilidad de valerse de un objeto que medie entre su cuerpo y la intrusión del Otro.

Traigo estos ejemplos porque ilustran de manera nítida la función esencial que la sustracción del cuerpo puede tener para ciertas coyunturas subjetivas, y la función esencial que cumplen para esta función los gadgets que el mercado pone en nuestras manos. Siempre recuerdo, en la ya lejana época del walkman, la utilidad de los auriculares usados durante todo el día para acallar las voces que asediaban a un joven alucinado.

En el Seminario 23 Lacan se burla de los surrealistas, que utilizan la poesía para poner el falo fuera de juego. Antes utilizó una referencia análoga para referirse al amor cortés: los hombres van a la guerra para escapar al encuentro con las mujeres.

En fin, en cada época, la cultura provee los semblantes con los que el sujeto: neurótico, perverso, psicótico –ordinario o extraordinario–, débil o autista, se las arregla con lo que no cesa del goce y con lo que falla de la relación entre los cuerpos. Llámenlo amor cortés o sexo virtual, recurran a la Celestina o al Tinder, la relación sexual es tan inexistente ahora como lo fue antes.

Me dirán que lo que aporto para sostener mi elogio son sólo casos extremos. Es posible, pero es bueno recordar que en la época del Otro que no existe la función fálica no tiene su lugar asegurado. Y eso no sólo para la psicosis, sino que la declinación del Nombre del Padre nos hace a todos un poco locos, confrontados –sin el manual de cortesía que proveía el padre– con los diversos rostros del Otro, nunca tan amigables como el de Franchella en la publicidad que conocimos. Y que disponer de un objeto que mantenga al Otro a distancia puede ser el único recurso de muchos para sostenerse en un lazo posible.

 

 

Notas:

(1) Baudini, S.: Intervención en “Conversación Clínica del ICdeBA”, Buenos Aires, 26 de Octubre de 2016, inédito.

(2) Chiappini, M.: “Invenciones que tomen cuerpo”, El adolescente contemporáneo: Problemas clínicos, Grama, Buenos Aires, 2016.

 

 

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