Jornadas y CongresosNúmero 9 - julio 2017

El retorno del Padre Ubú en la era de la pos-verdad (1)

 

PRIMERA NOCHE PREPARATORIA HACIA EL VIII ENAPOL: ASUNTOS DE FAMILIA, SUS ENREDOS EN LA PRÁCTICA –EOL Sección La Plata, 19 de abril de 2017

 

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Ernesto Sinatra

 

 

De la pulverización del padre a la pluralización de los goces

El destino de las familias actuales se haya determinado por un rasgo que ha sido subrayado reiteradamente desde la precisa indicación de Jacques Lacan, pronunciada en el final de los años ´30: el “declive de la imago paterna”. Más de siete décadas después podemos consignar las variaciones estructurales producidas en el proceso de transformación social que ha padecido el progenitor –o para caracterizarlo en la época del inicio de su deriva: las mutaciones engendradas en el padre freudiano.

Señalemos que el tobogán que se ha llevado puesto al padre en lo social, lo ha deslizado también nuestra conceptualización: luego del declive –que afectaba el campo imaginario– advino la “caída” referida al orden simbólico–, hasta llegar a la “pulverización”, a que consigna un efecto “real” de la “pluralización de los nombres del padre” y localiza, tal vez, el problema mayor de la educación actual: las dificultades crecientes en el ejercicio de la “autoridad”.

Hace ya treinta años, Jacques-Alain Miller se ha encargado de situar hasta qué punto la globalización obedece a la lógica del No-Todo, aplicando las fórmulas de la sexuación, en una precisa lección de filosofía política. Demostraba entonces la declinación de la consistencia del Todo a partir del principio que organiza la época del Otro que no existe: la extracción en el conjunto Universal de la función de la excepción –encarnada habitualmente por el Padre.

El declive del Dios-padre –especialmente en Occidente– indica el debilitamiento de su doble función: a) encarnar el “al-menos-Uno de la excepción” (el que dice-que-no al goce para normativizarlo) y que aseguraría b) la consistencia del conjunto social –el Uno– Todo. Siguiendo a la letra la formación del lado macho de las fórmulas de la sexuación, Miller destacó su principio: sin excepción, no hay Todo que se sostenga. Ergo, el No-Todo toma su lugar. El No-Todo no es un Todo afectado por una falta, sino –por el contrario–una serie en desarrollo sin límite y sin totalizacióny lo que se ubica del lado No-Todo es la imposibilidad de cerrar el conjunto como Uno, es decir que la función de inconsistencia ‘“estructura”’ el conjunto. El conjunto que así se constituye, ya no es el Todo fundado en la excepción –paterna– cuya estructura era la incompletud por la falta de al-menos-un elemento que siempre se sustrae al todo para constituirlo; el No-Todo carece del límite que producía la excepción. Ergo, el conjunto se establece no como “incompleto”, sino como “inconsistente”. Lo que no se puede armar es el conjunto mismo como un todo, como totalidad cerrada.

Esta estructura del No-Todo nos permite volver a la globalización, para considerarla ahora como un proceso de des-totalización, cuyos elementos no poseen estabilidad ni principios constantes. Las experiencias que se desarrollan en el campo de la globalización afectada por el No-Todo son siempre inestables, debido a la precariedad misma del elemento en su contingencia.

Miller lo dice de esta manera: “si se admite que la máquina que pone en escena la globalización es el no-Todo, es decir lo que Lacan refiere a la sexuación femenina, es posible remitir a esta estructura el ascenso de los valores llamados “femeninos” en la sociedad (la compasión, la promoción de la actitud de escucha, la política de proximidad) que de ahora en más deben adoptar los dirigentes políticos” (2). Es decir, que la actual promoción social de los valores asignados a lo femenino es consecuencia de que la globalización encuentra sus raíces en la sexuación, del lado del No-todo. Pero es preciso destacar que se trata aquí de la lógica que sostiene a la máquina de la civilización, y que es esa lógica del No-Todo con sus conjuntos inconsistentes la que pone en escena los fenómenos y no al revés: no se trata de que la época es caracterizada por fenómenos que dan cuenta de la lógica del capitalismo tardío o de la hipermodernidad (lo que daría una lectura sociológica), sino de que es para nuestra teorización la lógica del No-Todo la que determina el funcionamiento de la máquina de la civilización y que dicha lógica produce los fenómenos de discurso que se manifiestan en la época.

Asistimos en la actualidad a las consecuencias subjetivas del tránsito de la era del Todo a la del No-Todo, lo que tiene una decisiva incidencia en las configuraciones familiares. Las familias actuales, en su diversidad, encuentran su fundamento en este principio del No-Todo. La modalidad lógica que rige sus procesos es la “contingencia”, ya no la “necesidad”, atributo que se le reconocía a la autoridad paterna confundiéndola con la religiosa naturalidad de su investidura; el padre eterno, siempre igual a sí mismo, garantía de lo humano, ya no existe más y sus consecuencias se recogen en la vida familiar, en el pasaje de las familias tradicionales –basadas en la autoridad del padre– a las neo-parentalidades: la implosión del padre hace síntoma en la pluralización de los goces.

Para empezar, señalemos algunas de sus secuelas, las que visualizamos de un modo notorio en el entorno social.

Comencemos por la desacreditación de los grandes relatos sostenidos en la creencia de la racionalidad paterna, la que organizaba el saber dando sentido al goce, por la extracción de la excepción, el Dios-Padre –que se hallaba identificado con tal función desde la que segregaba sentido fálico– ha dejado de existir, es decir: ha cesado de construir esos saberes universales, a causa de la inconsistencia producida en el Todo.

Pero la consecuencia mayor –para nosotros– ocurre en la subjetividad. Debemos destacar los efectos producidos sobre los cuerpos de los parlêtres, pues al no ser más necesariamente identificado con el Otro de la autoridad, el de las garantías, el Padre ya no cumple –del modo que lo hacía habitualmente– la función de regular el goce fálico en los individuos a partir de la interdicción.

Es un hecho clínico a resaltar que los cuerpos ya no son anudados, como ayer nomás, en síntomas localizados. Se imponen hoy nuevas configuraciones sinthomáticas a partir de soluciones singulares (inéditas en ocasiones y a menudo producidas con auxilio de las tecno-ciencias) las que convocan –cada vez más– a la destreza de los analistas para responder allí de un modo que satisfaga al parlêtre y que logre aliviar su padecer.

Las familias tradicionales muestran descarnadamente el pasaje de la era del Todo al No-Todo, por ejemplo, en las crisis de la autoridad: ya nadie sabe qué hacer con la tiranía de los jóvenes sostenida por el empuje al goce, hoy ya casi todo es posible. Es que el imperativo actual de la civilización ha devenido “¡hay que gozar!”, en una época que sabe demasiado de la inexistencia de la relación sexual impactando en el seno de las familias contemporáneas.

El desenganche entre el goce y la función del “decir que no” ha producido múltiples respuestas sinthomáticas que conmueven al tejido social, la judicialización generalizada constituye una de ellas y en el punto preciso donde declina la función de prohibición, allí se incrementan los juicios ‘“contra todo”’: los juicios están a la orden del día, ocupando el lugar que tradicionalmente encarnaba el semblante paterno. Pero es aquí donde el “decir que no” evidencia su fundamento superyoico, la raíz moebiana del asunto al transformarse en una superficie unilátera: la prohibición se desliza imperceptiblemente hacia el otro lado constituyendo el híbrido del goce querellante. Y en tanto toda acción humana es capaz de producir goce (3), ergo, toda acción es punible, penalizable.

Es preciso, ahora, aplicar este “goce querellante” de la vida familiar destacando la proliferación de juicios de abuso sexual, incluso de niños… ¡contra sus propios padres! Sin desestimar el incuestionable goce perverso en muchos casos, ni pretender discriminar entre lo que serían realizaciones materiales o fantasmáticas; tan solo verificamos que en estos juicios están invertidos los lugares tradicionales de padres e hijos: ahora son los padres culpabilizados del goce prohibido y sus hijos los que los acusan por ello. ¡Y ni hablar de los cuidados extremos a los que deben recurrir los educadores para colaborar en la higiene corporal de los niños! La amenaza de un juicio inhibe, alertando a sus agentes.

A partir de ahora, quizás ya no sean necesarios –tanto como lo eran– los cuentos que narraban los padres a sus hijos en familia para que se durmieran, ya que hemos despertado abruptamente del sueño del padre. Quizás tampoco serán necesarias las variaciones del mito del padre (de Edipo a Prometeo) para comprender que el padre ha demostrado su ser de semblante.

El espectro posmoderno del goce renueva sus desplazamientos “de la cosquilla a la parrilla”. De un lado la cosquilla: el avance mediático del goce sexual –“todo para ver”– recaptura la implosión del género en sus variaciones (gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, inter-sexuales, etc.), transformando en comedia la desigual lucha por los derechos de las minorías sexuales, ridiculizando sus demandas de reconocimiento social, a partir delpanóptico chismorreo”, de la sociedad del espectáculo.

Por el otro, la parrilla: criminalidad real ejercida sobre los cuerpos degradados a menudo por la hipocresía del Otro social, en la pendiente que va desde el destierro civil, el oprobio de las cárceles, hasta el exterminio en la denominada “violencia de género”…y no menos las –cada vez más frecuentes– sobredosis adictivas de los jóvenes, producidas por las más sofisticadas drogas de diseño combinadas con alcohol, frente a la mirada –entre atónita e impotente– de sus padres, los que ya no saben cómo reaccionar para poner un límite a la pulsión de muerte.

La “violencia urbana” y “las segregaciones familiares” presentan diariamente nuevas víctimas. La actualidad del “femicidio”, resuena en la Argentina de hoy desde un clamor social que irrumpe de modo drástico en los “asuntos de familia”: “¡Ni una menos!”, grito de justicia –y advertencia–dirigido a los representantes de la pulsión de muerte para limitar el goce asesino. En esta perspectiva, para nosotros el “femicidio” es un nuevo nombre de un viejo problema, que encontró la sanción legal que merecía: el retorno impotente del padre/hombre cuando no soporta lo hétero que actualiza una mujer. O –más precisamente– el intento de destruir en el Otro las marcas de la irremediable diferencia que la sexualidad humana impone en los modos de gozar.

La diferencia sexual, marcada por la función de la castración en cada Uno, es rechazada y desplazada hacia el Otro femenino, transformando a las mujeres en el objeto del goce, en el kakon mismo; el mal a secas, eso que Lacan destacaba en el artículo de Guiraud sobre los “homicidios inmotivados”: “lo que el alienado trata de alcanzar en el objeto al que golpea no es otra cosa que el kakón de su propio ser”. (4)

El “femicidio” se emparenta así con el bullying: nuevo nombre del mismo kakón que golpea al otro con su burla, para evitar confrontarse con el propio mal –con el propio goce haciendo síntoma en el tejido social.

Creo que se halla aquí para nosotros, escondido en las perturbaciones actuales de las familias –aunque se encuentra ofrecido a todas las miradas– un secreto del psicoanálisis: el de su finalidad, el de su fin.

“El permiso para gozar no cambia en nada la estructura del goce” (5) y la práctica del psicoanálisis se sostiene hoy en que hay una “grieta intrínseca del goce que ya no se parapeta tras el padre” (6). Se verifica así, una vez más, que ni la prohibición era un privilegio del padre, ni la suposición de una satisfacción absoluta una propiedad de la madre.

Sigmund Freud precisó la dificultad en la que se sostiene el entramado familiar y sus consecuencias en el análisis, de un modo muy preciso: “En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla, y es lícito suponer que todo hombre normal lo ha llevado a cabo en cierta medida”. (7)

El punto que quiero destacar y que Jacques Alain Miller pescó con precisión es ¿cómo pasar de los “asuntos de familia”, en los que el Otro constituye la matriz del sentido, del “destino” en el que suele refugiarse el individuo, al sinthoma singular que encausa el goce de cada uno?

¿Cómo atravesar los semblantes, especialmente aquellos que han dado consistencia al padre –el freudiano– ese al que los analizantes no dejan de recrear en sus creencias religiosas con el dogma de sus fantasmas? Pero no menos están emparentados estos fantasmas del padre vociferante (ora interdictor, ora gozador) con esa otra boca, la del cocodrilo materno, siempre abierta, la que ha hecho resonar desde la teoría kleiniana los fantasmas voraces que reduplicó en los años ´70 toda una generación de analistas.

Una vez más, la angustia lacaniana es nuestra brújula y debemos localizar sus referentes en los cuerpos, especialmente.

 

El retorno bufonesco del Padre-Ubú

Por eso, “¿quién cree hoy en el padre?”, es una incisiva pregunta actual que se enraíza en las familias, pero no menos en los Estados contemporáneos.

Hoy se intentan construir espacios de autoridad a los efectos de restañar la transmisión del saber y del saber-hacer, ahora por fuera de los significantes-amos que se autorizaban en el nombre del padre. Pero sucede que –en muchos casos– la concepción de la “autoridad” llega a desprestigiarse por su identificación con “autoritarismo”: en ocasiones, cualquier intento de regulación del goce es impugnada por una supuesta condición autoritaria (ya sea que tal intento recaiga sobre el agente como sobre la producción misma). Se producen de ese modo efectos paradojales: desde las múltiples resonancias en el arte y en la ciencia, donde la aplicación práctica de los saberes pierde su rigidez y construye un nuevo literal en nombre del No-Todo; hasta su contra-cara mortífera, la que irresponsablemente empuja el mercado al promover el goce de la libertad (nothing is impossible: ¡just do it!), imperativo que empalma con el comando de la pulsión de muerte al ofrecer cuasi infinitos cócteles de drogas, los que vuelven a prometer de un modo falaz un goce a medida del consumidor.

Más que nunca toma entidad el aserto freudiano acerca de las profesiones imposibles: gobernar, educar, analizar; las mismas que inspiraron a Jacques Lacan a forjar sus cuatro discursos, para cifrar desde allí la estructura misma de la subjetividad y su emplazamiento en el lazo social. Ya que, si bien acordamos en que con los significantes amos se gobierna, con el saber se educa, con el objeto a se analiza, sus “enredos en la práctica” son –para nosotros– algo demasiado familiar (parafraseando la convocatoria del próximo Encuentro Americano).

No vamos a referirnos aquí al gobernar, ya que sus enredos son –para muchos– ¡¡¡de Temer (8)!!! … Del educar, solo mencionaremos las dificultades que se desprenden del hecho de que el padre haya dejado de ser el referente confiable y monolítico, otrora identificado con la autoridad: se evidencia en la actualidad –de un modo insoslayable– que la autoridad ya no es paterna.

Los diccionarios Oxford acaban de incorporar un término que han elegido como “la palabra del año”: pos-verdad (9). Los especialistas han decretado el estado actual de la civilización como “el de la pos-verdad”: predominio de la emoción y los sentimientos personales en la formación de la opinión pública, tendencia que delimitaría el fin del Iluminismo racionalista, reemplazado ahora por la manipulación grosera de los enunciados, promoviendo creencias que impulsen respuestas inmediatas, sustentadas a su vez en las emociones y sentimientos más arraigados.

Se trata –una vez más, pero esta vez llevado hasta prácticas surrealistas, solo imaginadas por “Ubú Rey”, de Alfred Jarry– de formar a la opinión pública ofreciendo datos falsos, en pos de hacer oír lo que la audiencia quiere escuchar desde sus prejuicios, para confirmar el sentido común de sus ocurrencias: se parte del principio de que algo “aparente ser verdad” es más importante que el hecho mismo de “ser verdadero”.

Al respecto es ilustrativo el caso grotesco de Donald “Ubú” Trump: dos tercios de sus votantes aceptaron su afirmación en campaña presidencial de que el desempleo había crecido en la segunda presidencia de Obama, y tres de cada cuatro votantes convalidaron que George Soros financió las manifestaciones de protesta en contra de su candidato (ambas informaciones han sido “falsas certezas” necesarias para construir –es decir, consolidar– al enemigo común de las masas). Se ha comprobado que solo en su primera semana de gobierno Trump mintió más de trescientas veces. En un libro de su autoría, el actual mandatario reconocía que “la gente siempre quiere creer que algo es lo más grandioso y lo más espectacular que existe” (10), una aserción que encauza las falsedades que no deja de viralizar por las redes sociales, las que engrosan lo que Gramsci denominó “el sentido común vulgar”. (11)

Por nuestra parte diremos que tal premisa –que sostiene a la pos-verdad como signo de la época– encuentra su fundamento en que lo real del goce atraviesa la verdad, perforando su función de semblante. Parafraseando la idea luminosa de Jacques Lacan –retitulada por J.-A. Miller: la verdad es hermana del goce–, diremos de un modo más… famillonario que “la verdad es el lacayo del goce”.

Y mientras que el muro del lenguaje no cesa de hacer síntoma en hombres y en mujeres –frente a la imposibilidad de compatibilizar sus goces, mostrándoles la impotencia de la verdad para reunirlos–, otro muro promete transformarse en “lo más grandioso y lo más espectacular que existe” al intentar separar dos países y dos lenguas en nombre de los “procesos de segregaciones renovadas”. El cinismo y la canallada se abrazan fraternalmente, es decir, segregativamente, mientras la versión actual, bufonesca del capitalista –una vez más– ríe.

Por ello, tal vez convenga no olvidar que lo real, como el asesino de los policiales, vuelve siempre al mismo lugar, y que no lo hace en nombre de La verdad ni de una pomposa pos-verdad –elegida como Miss Oxford 2016, sino transportando el goce encarrilado por la pulsión de muerte…una vez más.

Leo, para finalizar, la descripción que el ‘“padre de la bestia”’ –el genial poeta surrealista Alfred Jarry– realizó de su creación en diciembre de 1896 en el estreno de Ubú rey: El señor Ubú es un ser innoble, por lo que se asemeja –de la cintura para abajo– a todos y a cada uno. Asesina al rey de Polonia –es decir, hace trizas al tirano, lo que parece justo a algunos, pues tiene apariencia de acto justiciero– y, una vez rey, acaba con los nobles, luego con los burócratas y después con los campesinos. Así, desaparecido todo el mundo, asegura haber acabado con los culpables, y se presenta como hombre de principios y medios. Por último, a la manera de un anarquista, pone en ejecución por sí mismo sus fallos, despedaza a la gente porque le apetece, y exhorta a los soldados rusos a que no disparen contra él, porque eso no le gusta”. (12)

Ahora sí, a partir del retorno bufonesco y occidental de la “Trump-Ubú” –que debemos adicionar al otro retorno, oriental fundamentalista– quizás podamos interrogar si los semblantes contemporáneos no estarán transportando –de un modo ya no familiar, sino inquietante– una nueva presentación de “lo peor”. De ser así, en la formulación de… ou pire, el padre ya no ocuparía el lugar de los puntos suspensivos para situar la elección, sino que –lisa y llanamente–, ahora “padre quedaría identificado con lo “peor mismo… ¿Otra vez?

 

 

Notas:

(1) “Ubú rey” es una obra teatral de Alfred Jarry estrenada el 10 de diciembre de 1896 en el Théâtre de L’Oeuvre, París. A partir de este estreno, el teatro experimentó cambios definitivos, rompiendo así con una fuerte tradición al renovar tanto la escritura dramática como los conceptos de puesta en escena, desde la iluminación, vestuarios, utilización de máscaras, gestualidad actoral, etc. Esto convirtió a Alfred Jarry en uno de los precursores más importantes del surrealismo, del dadaísmo y del teatro del absurdo. La exclamación «¡MERDRE!» da comienzo a la obra, dejando al descubierto el personaje de Ubú, una representación de lo grotesco y humanamente innoble del poder político y el gobierno. Este personaje genera la creación de tres obras más: “Ubú en la colina” (que es un resumen de Ubú rey, adaptado para llevarlo a un acto de marionetas), “Ubú cornudo y “Ubú encadenado.

(2) Miller, J.-A.: “El inconsciente es político”, Lacaniana Nº1, EOL-Grama, Buenos Aires, pág.14.

(3) Miller, J.-A.: Sutilezas analíticas, Los cursos psicoanalíticos de J.A.-Miller, Paidós, Buenos Aires, 2011, pág.289.

(4) Lacan, J.: “Acerca de la causalidad psíquica”, en Escritos 1, Siglo XXI Editores, pág. 173.

(5) Miller, J.-A.: Un esfuerzo de poesía, Curso de la orientación lacaniana, Paidós, Buenos Aires, 2016, pág. 290.

(6) Ibid, pág. 291.

(7) Freud, S.: «La novela familiar de los neuróticos», Tomo IX, Obras Completas, Amorrortu, pág. 217.

(8) N. del T.: referencia homofónica que equivoca el nombre del presidente de Brasil.

(9) Nun, J.: “La pos-verdad marca el fin de una época”, Diario La Nación, Buenos Aires, 28 de febrero de 2017.

(10) Ibid.

(11) Óp. Cit. n° (10)

(12) Jarry, A.: “Otra presentación de Ubu rey”, en Todo Ubú, Club Bruguera, Barcelona, 1980, pág. 27.