Jornadas y CongresosNúmero 11 - julio 2018

Competencia entre dos goces en un caso de paranoia

TERCERA ACTIVIDAD PREPARATORIA HACIA EL XI CONGRESO DE LA AMP: LAS PSICOSIS ORDINARIAS Y LAS OTRAS, BAJO TRANSFERENCIAEOL Sección La Plata, 21 de marzo de 2018

 

 

 

Gerardo Arenas

 

Me han invitado a comentar un caso que Lucía D’Angelo presentó hace once años en una conversación clínica que el ICdeBA publicó bajo el título de Variaciones del humor (1). Para enriquecer la discusión, no acompañaré las líneas de fuerza de la discusión que entonces tuvo lugar. Buscaré iluminar el historial desde un ángulo diferente, lo cual nos dará del mismo unas vistas distintas y hasta contrapuestas a las que pueden encontrar en el mencionado volumen.

Mediante un caso clínico, la autora busca responder dos preguntas. Tomaré en cuenta sólo una de ellas, “¿Cómo apreciar las variaciones del humor en una clínica de modos de goce?”, no para responderla (ya que el humor no me parece aquí una variable fundamental), sino para hablar sobre lo que está en la base de su planteo –un planteo radicalmente clínico que se deriva sin forzamiento del caso en cuestión, ya que en él lo más llamativo es cómo muda para la analizante la distribución de sus formas de gozar. Por eso di a mi comentario el título de “Competencia entre dos goces en un caso de paranoia”.

En “La tercera” (2), Lacan sostiene que una economía vincula entre sí tres goces básicos, el “goce del sentido”, el “goce fálico” y el “goce de la vida”, de tal manera que, si dos de ellos se reducen, el tercero deberá por fuerza incrementarse. Además, él afirma que la interpretación que opera por corte reduce el goce del sentido, mientras que la que opera por el equívoco reduce el goce fálico. Una consecuencia es que la acción conjunta de ambas interpretaciones no puede sino acrecentar el goce de la vida, o sea, vivificar al sujeto. Un corolario es que, si un goce permanece constante o nulo, los otros dos compiten entre sí, es decir que el predominio de uno va en desmedro del otro y recíprocamente.

Con esta herramienta, repasemos la presentación.

A Julia le cuesta mantener la disciplina en el grupo laboral a su cargo, y siente que eso cuestiona su autoridad. Hay aquí una clave. Notemos la distancia entre la dificultad para mantener la disciplina grupal –problema que ella nunca elevará a la dignidad del síntoma– y el sentimiento de que esa dificultad cuestiona su autoridad –lo cual es una significación en la que Julia pone mucho de sí y que el análisis conmoverá. No es el problema, sino más bien la significación, lo que tensa y agota su cuerpo, o la irrita y malhumora. Hay en ello un goce que no se inscribe en la dimensión del falo, pero sí en el campo semántico, y que entonces corresponde al llamado “goce del sentido”. En la economía de los modos de gozar, pues, ha adquirido una marcada preponderancia ese goce del sentido por cuyo exceso Julia paga un costo elevado. Teme que la critiquen a sus espaldas, la tensión corporal lentifica y nubla su pensamiento, y todo eso le impide disfrutar de la vida. Ello se condice con un punto crucial de la economía de los goces, ya que, si un goce se incrementa y otro no se altera, el tercero debe mermar. En este caso, el goce del sentido se ha inflado sin que nada haya tenido lugar en el nivel del goce fálico, y por eso el goce de la vida se ha empobrecido.

A esto seguirá la etapa más dura del tratamiento, que es también la que más nos desconcierta en lo tocante a la dirección de la cura y a la formalización de la experiencia. En ese período, la tensión corporal se focaliza en la secuela de una operación de cadera: Julia supone que los otros pueden detectar ese defecto y criticarla; para peor, no puede ver ese lado del cuerpo en el espejo.

Llamó mi atención el hecho de que se describiera esta fase del tratamiento en términos de una supuesta “localización del goce”. Por eso, quiero detenerme un momento en esta noción, tan usual en la clínica de las psicosis, e iluminarla por medio de una enseñanza de Miller, aparentemente inconexa pero crucial a este respecto. Me refiero a uno de los puntos fuertes de su curso titulado El lugar y el lazo (3), cuya consecuencia es que sólo puede hablarse de “lugar” en referencia a la estructura significante. En otras palabras, localizar el goce  no es circunscribirlo a una parte del cuerpo, sino definir las coordenadas significantes del mismo. En el caso de Julia, la coordenada decisiva del goce nombrado como “tensión corporal” fue definida, de entrada, por el fantasma de ser criticada a sus espaldas, y ese fantasma sitúa el goce en el lugar del Otro laboral (su cuchicheo) bajo la forma del objeto “mirada”. Al final de esta etapa del análisis ¿qué cambió? El defecto que podían criticarle se desplazó desde su desempeño laboral hasta una parte de su cuerpo, pero el goce siguió estando en el mismo lugar (el cuchicheo del Otro) y en función del mismo objeto (la mirada). Es decir que, más allá del notorio agravamiento, no hubo progreso alguno en la localización del goce, sino apenas otro plus de sentido con la misma consecuencia que antes en la economía de los modos de gozar.

De hecho, es muy difícil entender de qué manera pudo el análisis haber permitido a Julia restablecer un uso de la imagen corporal que la aliviara de la interpretación paranoica, y más difícil aún es entender qué clase de alivio habrá sido, ya que al mismo tiempo se nos dice que en ese tiempo sus lazos sociales y amorosos adquirieron exacerbados tintes persecutorios centrados en el fantasma de que el Otro podría detectar tensiones en su cuerpo, denunciar su incapacidad o su defecto, y separarla de su función o dejarla.

Este incremento en el goce del sentido, gracias al cual la significación delirante se consolida, vuelve a reducir su goce de la vida, pero ahora hasta el letal extremo de que su cuerpo se desvitaliza tanto que, al final, Julia sólo quiere acostarse y dormir. Por eso mismo, en cambio, no sorprende que en el curso de la licencia laboral recupere la vitalidad y el goce de vivir, ni que pueda volver al trabajo renovada. Lamento que no se nos informe cómo logró ella elaborar ese saber sobre la relación cuerpo-psique que ella aplicará en el trabajo y con el partenaire, porque tal saber no parece haber sido un mero S2 que vino a resignificar un S1 insensato –cosa que puede conseguirse sin mayores dificultades en cualquier análisis, y que no suele proporcionar más que un alivio transitorio–, sino un verdadero “saber arreglárselas con su síntoma” basado en que “ella es como es, y los demás pueden pensar lo que quieran”, es decir, un tratamiento directo del lazo con el Otro, gracias al cual ese lazo se torna compatible con una posición digna de respeto para con su propia singularidad.

Como bien subraya Miller, la significación delirante no ha perdido su carácter de certeza, dado que la tensión corporal que la registra persiste, pero es cierto que el goce de ese sentido se ha reducido notablemente y que Julia ha inventado estrategias eficaces para tratar el remanente mediante el shiatsu, el análisis –que ya lleva diez años– y el recurso a exquisitos goces vitales. Es además probable que la nueva posición conquistada haya tenido un efecto colateral útil para su vida, en la medida en que la dignidad suele ser la columna invisible de la autoridad, y además porque el curioso hecho de que Julia haya logrado disciplinar a su analista (para que intervenga únicamente al final de la sesión) permite conjeturar que la dificultad que en el plano laboral había desencadenado su delirio puede haberse resuelto, en gran medida, bajo transferencia.

En este caso, las variaciones del humor no son más relevantes que los cambios de estado de ánimo que pueden sobrevenir en cualquier estructura. Julia no se inscribe en el cuadro maniacodepresivo clásicamente descripto por Kraepelin y que motivó la conversación clínica en que el relato de su tratamiento fue presentado. Tampoco pertenece a la constelación de las psicosis ordinarias, en la que la analista pretendió al comienzo incluirla. No por carecer de estridencias es menos franco el desencadenamiento de su delirio, al tiempo que los signos de que la significación fálica fue forcluida nada tienen de discreto aquí, y ambas cosas revelan la inexistencia de ese mecanismo que, por la vía del semblante, inhibe la formación de síntomas extraordinarios y que Miller denominó compensatorymake-believe (4). Para retomar el tema del próximo Congreso, cabe decir que la de Julia no es una psicosis ordinaria, sino una de las otras psicosis (en especial, una paranoia), aunque bajo transferencia.

Para finalizar, insisto en subrayar que lo que más llamó mi atención en esta viñeta clínica es cómo muda, para Julia, la distribución de sus modos de gozar. Tal como se deduce de “La tercera”, cuando el goce fálico no cuenta, el goce del sentido y el goce de la vida compiten entre sí de forma tal que el aumento de uno entraña la reducción del otro, y este caso además confirma el planteo lacaniano de que la interpretación por corte (la única que fue empleada en este caso) reduce el goce del sentido. Ambas cosas tienen la comprobable consecuencia de que su exquisito goce de la vida, lejos de haber sido carcomido por el síntoma, se recupera e incluso se incrementa en el curso de este análisis.

 

 

 

Notas:

(1) D’Angelo, L.: “Una cuestión de disciplina”, en Jacques-Alain Miller y otros, Variaciones del humor, Paidós, Buenos Aires, 2015, págs. 35-43.

(2) Lacan, J.: “La tercera”, en Revista Lacaniana de Psicoanálisis N°18, Grama, Buenos Aires, 2015.

(3) Miller, J.-A.: El lugar y el lazo, Paidós, Buenos Aires, 2013.

(4) Miller, J.-A.: “Efecto retomo sobre la psicosis ordinaria”, El Caldero de la Escuela  N° 14, Buenos Aires, 2010.